Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Fragmento del poema de Miguel Hernández.

La catalanidad, como ente abstracto, a menudo se ha visto vapuleada por la ignorancia castellana. A su vez, la castellaneidad se ha visto vilipendiada con frecuencia, por la ignorancia catalana. El denominador común de este enfrentamiento, que es real, es fácil observar que es la ignorancia. O como mínimo, es uno de los ruidos más estridentes que pueden afectar a la discusión sobre el nacionalismo en algún territorio de la península ibérica: sea vasco, andaluz o catalán.

Habiendo pasado muchos veranos de mi vida en Aragón,  y algunos en el País Vasco, este año decidimos acercarnos a otro punto de la península, para visitar, conocer y disfrutar de otras realidades. Aprovechando ascendencias andaluzas (quien no las tiene en la gran urbe), este verano, hemos pasado una semana en Orcera, Jaén, tierra de olivos. Y como no podía ser de otra forma, nos hemos llevado el triatlón con nosotros.

A nadie se le escapa que últimamente han ido apareciendo emplazamientos y ofertas turísticas, para practicar el triatlón en el mejor escenario posible. Tenemos resorts tan míticos como el Club La Santa en Lanzarote. En invierno hasta visitamos Dubái. Pero este artículo no va de ir a un centro temático del triatlón con todas las facilidades a nuestro alcance. Este artículo va de irse a un pueblo de la sierra, que casualmente está de fiestas, e intentar seguir con la rutina de entrenamientos de nadar, correr y bicicleta.

Orcera es un pequeño pueblo que no llega a los 2.000 habitantes, situado a 796 metros sobre el nivel del mar dentro del parque natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, que se trata del espacio natural protegido más extenso de España y el segundo más extenso en Europa. Está rodeado de olivos y a la sombra del castillo de Segura, fortaleza que erigieron los musulmanes, como casi todo en esas tierras.

En definitiva, pensareis: “Vale, un pueblo en la sierra, en medio de la nada que seguro que no tiene ni piscina municipal”. Y efectivamente, no la tiene. Y por mucho que nos ahorremos las primas a base de perder medallas en los Juegos Olímpicos, tiene pinta de que no la tendrá en un futuro próximo.

Ahí está el reto, ¿qué nos ofrece este enclave a triatletas casi profesionales como nosotros, que ni en fiestas de un pueblo nos quitamos de la cabeza los entrenamientos? En lo de “casi profesionales” alguno se habrá descojonado vivo…

Pues nos ofrece todo aquello que no tenemos en Barcelona, la meca del triatlón amateur globero y pretencioso.

Nos ofrece senderos

El primer día, para ir abriendo boca, salimos a reconocer el sendero por el que transcurre la mayor parte de la Carrera de los Senderos. Esto es, una carrera de unos 9km que parte des de Amurjo, pasa por Los Estrechos, y enfila el GR 247 Senderos Bosques del Sur, en un recorrido casi circular. Saliendo de Amurjo, una piscina natural de 82m de longitud, ascendemos durante poco más de un quilómetro por una carretera asfaltada, hasta desviarnos a la derecha para bajar hasta la fuente de Los Estrechos. Desde allí, con cuidado para no hincar la rodilla en unas mesas de piedra muy oportunas, se coge en GR 247. Un sendero de apenas medio metro de ancho, en el solo es posible correr de uno en uno, que va subiendo y bordeando una ladera de pinos. Un mal paso solo puede significar dos cosas: o un tobillo como un balón de fútbol, o rodar ladera abajo como un pelele. El sendero serpentea entre árboles y claros, y si en algún momento tienes tiempo, puedes alzar la vista para ver el valle. Deja de subir hacia la mitad del recorrido, para ir después a buscar una pista ancha que nos devuelve a Amurjo.

En definitiva, para mí, urbanita de pro, acostumbrado a correr por al litoral asfaltado e infestado de guiris a los que no les deseo más que la muerte más dolorosa, correr a las 9:00h de la mañana, por senderos, en la sierra, con ese fresquito, y ese paisaje, es un lujo. Nosotros tenemos salas de cine. Ellos tienen senderos de película.

Esta ruta la recorrimos un par de veces, el día del reconocimiento y el de la carrera. En la que por cierto, copamos el primer y el tercer puestos absolutos en categoría masculina, y el tercer puesto en categoría femenina. Cabe decir que en las fiestas del pueblo los lugareños no están como para correr carreras de montaña. Pero señores, qué organización, la inscripción gratuita. Y el premio, cinco litros de aceite de oliva virgen extra de la cooperativa de Orcera. De nuevo, lujo.

Os dejo el enlace de la actividad del Garmin, por si un día os pica. No os fijéis en la altura, que está un poco tonto últimamente.

Por cierto, estos senderos son perfectos para correr con unas “minimal” de trail, como son las Minimus de New Balance. Eso sí, todo lo como que fui en el tramo del sendero, lo sufrí después en la pista por la pista de piedras sueltas.

Premio a los vencedores de la Carrera de los Senderos

Premio a los vencedores de la Carrera de los Senderos

La sierra también nos ofrece desnivel. En nuestra segunda ruta de carrera a pie, nos marcamos el recorrido Orcera-Las Huetas-Amurjo-Orcera, un recorrido por una pista asfaltada o carretera muy secundaria, que va serpenteando entre pinares de la sierra, en la más absoluta soledad, solo interrumpida circunstancialmente con algún otro corredor. Lo mejor de todo, poder correr a las 8 de la mañana con fresco, sin el agobiante calor y humedad de Barcelona, y pudiendo parar en fuentes de agua fría de la sierra. De nuevo, si os pica, os dejo el enlace de la actividad:

https://connect.garmin.com/modern/activity/1309958510#.V7s1ZjeiotA.gmail

Dos días de carrera a pie distintos, con desnivel, por senderos, entre el bosque de la sierra, con el fresco de la mañana y sin esa humedad bochornosa. Creo que ya lo he dicho, pero, nuevo: lujo.

Nos ofrece desnivel y épica ciclista

Efectivamente, también se puede pedalear. ¡Y mucho y bien! En la sierra no hay un metro llano. Podría haber dicho quilómetro, pero no, he dicho metro. Ya para salir y llegar a Orcera debes vencer un desnivel de un par de kilómetros que si llegas un poco tocado al final te puede pasar factura antes de parar a comer churros a la entrada del pueblo.

Las dos salidas que realizamos fueron cortas, pero con mucho desnivel para los kilómetros recorridos. Y de nuevo, carreteras apenas transitadas, en un razonable buen estado (no os mentiré, no están perfectas), a la sombra de acebos o en el descarnado final del Yelmo, emulando al Mount Ventoux.

La primera, más corta y más asequible, nos lleva de Orcera por la juguetona carretera JV 7021, en la que a las ocho de la mañana en pleno mes de agosto, hace frío. Con repechos y toboganes, muy divertida si estás en buena forma, porque se puede hacer a fondo. Esta carretera desemboca en la A-310, una vía más ancha con un asfalto impecable,  que nos conduce hasta la subida de las Acebedas. Ascendemos por un tupido bosque de acebos, una zona muy húmeda pero muy bonita, que nos conduce hasta Segura de la Sierra, a los pies del castillo de Segura.

Me despisté con el Garmin, lo podéis ver en el track, pero del recorrido registrado, en apenas 37km subimos 847m de desnivel de puro paisaje.

La segunda salida, además la adornamos con épica. La subida al Yelmo es dura de por sí, pero si le añades lluvia intensa durante toda la subida y frío, hace que bajar sea un reto, entre conteniendo el castañear de los dientes, la convulsiones del cuerpo y haciendo equilibrios entre la gravilla y el agua que cae.

Desde Ocera, en 63km escasos subimos 1513 metros de desnivel positivo. En la siguiente imagen de la página www.andalucíacicloturismo.com, podéis observar los porcentajes en los que se mueve el puerto.

Altimetría de la subida al Yelmo. Fuente: www.andalucíacicloturismo.com

Altimetría de la subida al Yelmo. Fuente: www.andalucíacicloturismo.com

La subida es larga, por una carretera que deja mucho que desear, con gravilla en muchos tramos y con un firme muy irregular. No está casi transitada, por lo que es muy tranquila, hasta que cruzas un rebaño de ovejas y un perro asesino que te obliga a hacértelo todo encima. Sobre todo si está lloviendo y ya te imaginas con una rueda o un muslo pinchado, con el aguacero, y a kilómetros de la civilización.

La bajada, con el frío, el agua, y la carretera, fue criminal. De tirar la bici al llegar a casa y no querer saber nada más del ciclismo. Y al próximo que diga la palabra “épico” le salto todos los dientes.

Esta es la cara de angélicos que se nos quedó arriba, en una foto echada con la urgencia de saber que unos segundos más allí y quedaríamos fuera de eso que los alpinistas llaman: “la ventana”. Muy de Nierga.

Tontines en la cima del Yelmo

Tontines en la cima del Yelmo

Nos ofrece Amurjo

Ya hemos hecho bici y carrera a pie. Pues ahora a nadar. Resulta que a escaso un kilómetro del pueblo, de una antigua piscina natural, han montado un piscinote de 82m de largo, perfectamente habilitado para refrescarse, nadar e incluso hacer aquagym. Eso sí, solo para los insensibles al frío, porque si corres y vas en bici agustico, lo normal es que el agua esté fría. Pero si consigues vencer este mínimo inconveniente, a base de series de mariposa por ejemplo, y que el sortear señoras que leen el Hola en medio de la piscina no sea un problema para ti, es un sitio estupendo para hacer series largas (ya sabéis, de 82m).

En definitiva, demostrado queda, por nuestra mínima experiencia, que en cualquier sitio puedes encontrar situaciones ideales para entrenar, y que además difieran de las que habitualmente se dan en tu lugar de residencia. En algún caso, hasta lo que los entrenadores muy sabios llaman entrenamiento en altura… o en hartura.

No he explicado nada acerca de la interacción con la gente del lugar, pero claro, estaban de fiestas, ¿qué queréis? Los pillamos desprevenidos y en horas bajas… Nos quedamos con cuatro cosas, que no repetiré porque parecerían topicazos… (pero les gusta mucho el bar, ale ya lo he dicho).

No os olvidéis, catalanes, si bajáis por La Mancha, de parar en Chinchilla y pedir un gazpacho manchego. Se os caen los cojones al suelo, prometido.

¡Hasta la próxima aventura de Tontín!