Amigas, amigos. Es momento de hacernos esta pregunta. ¿A quién quiere más tu pareja, al triatlon o a ti?

Nunca lo sabremos porque ¿quién se atreve a hacer esa pregunta mientras esa cabra de 5.000 euros te mira a los ojos?

El amor al triatleta ha de ser incondicional. Y aquí es donde comienza esta historia.

– Amor, me he apuntado a esta carrera, ¿me acompañas?
– ¿Tengo que ir?
– Me haría tanta ilusión… Tú a tú ritmo, vienes conmigo pero haces lo que quieras…

MENTIRA.

Aquí empieza la farsa. El triatleta no sólo quiere que vayas. Quiere que le animes, pero no sólo eso. Quiere que le hagas fotos al salir del agua, que le apoyes en el tramo de bici, que le lances besos en la T2, que le aplaudas en el kilómetro 101,745 de la carrera por el que va a pasar de 11 a 12 y, para acabar, sueña con que os veaís las cuatro veces que va a dar la vuelta en esa curva en la carrera a pie.

Resumen: te han jodido todo el día.

La carrera empieza a las siete. Y su prueba de agua dura 1.15 h. Sí, quiere que estés allí para hacerle la foto con el neopreno húmedo y chorreándole el agua por la cara cual modelo de armani. Tú querías desayuno rico pero no es compatible. Gana la foto. Te pegas madrugón, te comes la prueba de agua, sacas la foto con el móvil (¡fotón!). Suerte si no sale movida. Te lanza un beso exhausto. Fin de la historia.

Ahora tiene 180 km de bici y sabes que hay dos momentos donde puedes verle. Uno será sobre las once y otro sobre las tres. Ya son casi las nueve y tienes que ir a pie a buscar el punto de encuentro. Piensas: cuando llegue allí desayuno en algún sitio y le espero.

Vaya cagada, amigo. Ese punto es una curva en la subida de un puente que luego les lleva a una ronda que les saca de la ciudad. Estáis tú, el resto de familiares y un semáforo. Eso no es el paseo marítimo, digamos.

Pero hay un factor más chungo. Se llama cargo de conciencia. No te quieres mover por si pasa y no le ves. Hace calor, no tienes WiFi, tú estómago ruge y tu triatleta no pasa.

Esperas 45 minutos y decides abandonar la aventura. Parece que no va a haber foto en la bici.

En plan amiga te confirmo que has hecho bien porque no iba a haber foto igualmente. Tardas más encender el móvil, meter la contraseña y que salte la foto que lo que tarda en pasar. Mi ordenador está lleno de fotos borrosas de ‘otros’ en bici.

Al carajo las fotos. Hora del almuerzo. Te pones de hidratos hasta las cejas porque el día va a ser largo y te mereces comer toda la mierda que te apetece. Tu pareja acabará la carrera como una sílfide y tú como una morsa. Todo pinta fabuloso.

El otro punto bonito de la bici para ver a tu superman es la transición. Sonaba a fotaza pero ahí están las bicis y esa zona está rodeada de vallas de dos metros forradas de carteles de publicidad. O haces una foto artística a través de las rejas o mejor déjalo. Yo aprovecho para disfrutar del momento.

Ser acompañante no es sencillo pero yo no desespero. Animo a todo español que veo. Parezco manolo el del bombo versión triatlon. Mola ver la transicion y ves a tu pareja salir como un torpedo corriendo mientras te desgañitas gritando. Consigues que te vea y ese cruce de miradas ha valido la pena: sabe que estas ahí y eso para él es suficiente.

Es pronto pero es el mejor momento para comer. Como le quieres ver en aproximadamente una hora, no te da tiempo a comer bien y te comes cualquier cosa que venden en los alrededores de todo el tinglado que hay montado en el triatlon. No es tu mejor día gastronómicamente hablando.

Pero ya solo queda la maratón. ¡Oh, wait! ¡4 horas! Yo acostumbro a llevar un libro para leer en tantos ratos muertos. Supongo que otra opción es ser sociable y pegarte a un grupo de españoles pero no es mi caso. Yo no nací para dar cuatro horas de conversación vacía a desconocidos. Así que me tumbo en el césped. Sale mi vena creativa y me lío a hacer fotos chorras. Miro a los otros participantes, que van todos exhaustos y me cuesta creer qué de atractivo le ven a este punto y por qué no repiten estas doce horas de deporte en la cama con sus parejas debajo. PENSAD BIEN ESTA FRASE. POR QUÉ NO.

Triatlón

En la cuarta vuelta a algunos corredores ya los conoces. Reconoces al gordo de la prueba, al abuelo, a la pibón y al tipo de los tatuajes y los animas por su nombre. Esto parece que llega a su fin y ver a Diego en cada vuelta es un chute de adrenalina que hace que todas las horas de antes hayan merecido la pena.

Última vuelta. Mi chico se para y me besa, nos abrazamos, quedamos en meta, acelero para llegar antes que él. Me toca de nuevo esperar un rato pero veo entrar en meta a mucha gente. Algunos lloran, otros entran con sus niños, me encanta ver a chicas. Todos tenemos una intensa cara de felicidad y de emoción. Tic, tac, tic, tac. Miro el reloj y veo a lo lejos una barba y equipación que me suenan. Grito a Diego y boto de la alegría, acelera, me coge en brazos, me besa, me dice todo lo que me quiere y dejo que se vaya para que disfrute de ese momento único y tan suyo que es entrar en meta después de 3,8 km nadando, 180 km en bici y 42 km nadando.

You’re an Ironman, le gritan en meta y yo ya estoy feliz. Esto no acaba aquí porque ahora toca la espera en meta, a que se recupere, recoja el material, vaya a por la bici, la vuelta al hotel… una hora y media infernal después de un día larguísimo.

La historia se hace bucle y tú ya te sabes el final: llegas al hotel, te duchas, te cambias, te tumbas en la cama, os miráis y repites la pregunta: ¿cuándo es la próxima?