«Ya en Zurich«, escribía está mañana Iván Raña, confirmando que este fin de semana hará un nuevo intento para clasificarse para la próxima edición del Campeonato del Mundo de IRONMAN.

El gallego, que lleva acudiendo a la cita mundialista de manera ininterrumpida desde 2012, hizo el primer intento hace algo menos de dos meses, en Lanzarote. En tierras canarias tuvo que abandonar a causa de unos dolores en el talón de Aquiles que llevaba semanas impidiéndole correr en condiciones.

Hace dos semanas, lograba un meritorio octavo puesto en Austria, allí donde en 2014 lograse el triunfo y el mejor tiempo de un español en IRONMAN. Pero con el nuevo modelo de clasificación impuesto para esta temporada, que prácticamente obliga a los triatletas a lograr un triunfo a lo largo del año, no era suficiente y todo apuntaba a que El Animal no estaría presente en Kona este octubre.

Pero él es un luchador nato, y con apenas quince días de descanso volverá a intentarlo en una prueba en la que se va a encontrar rivales del calibre de Jan Van Verkel, Antony Costes o Phillip Koutny. Y con la responsabilidad de saber que necesita la victoria para lograr el slot.

Y ya sabemos cómo es Raña: con él todo es posible.

Le debemos el triatlón

Hace veinte años nadie hablaba de triatlón en España. Eso de las tres disciplinas era un deporte exótico de chicos en bañador y top. En las pruebas disputadas en España apenas había doscientos valientes, y el número de licencias federativas apenas alcanzaba las tres mil, una décima parte de las que hay actualmente.

Entonces llegó Raña y ganó el Campeonato del Mundo de triatlón en Cozumel, y demostró cómo de buenos podemos ser los españoles en la corta distancia.

Figuras como la de Javier Gómez Noya, Mario Mola o Fernando Alarza serían imposibles si este deporte no hubiese eclosionado gracias a los éxitos internacionales de Raña. Después vinieron los medios, las Series Mundiales y el Princesa de Asturias de Javi. Pero reconozcamos que antes de Raña aquí no había nada.

Así que el resultado que tenga en Zurich es lo de menos. Puede hacer octavo como hizo en Austria y habrá que aplaudirle hasta que nos duelan las manos. O puede ganar y callarle la boca a unos cuantos que han tenido bien enterrarle.