No sé si a vosotros os pasa, pero para mí entrenar la natación del triatlón es muy duro. Principalmente porque la entreno lunes, miércoles y viernes a las siete de la mañana. Y cada día, cuando estoy preparándome en casa, pienso lo mismo. Las rutinas se repiten. Y luego, en el agua, más de lo mismo. Es como el día de la marmota. De hecho, creo que en un entrenamiento de natación paso por once estados mentales distintos. Ahí van.

1.- Hoy parto la pana

Es de esos días en los que te has levantado con ganas, que has dormido bien; ayer cenaste pollo, ensalada, un poco de pasta con aceite y un yogur y te encuentras fino fino. Te visualizas a ti mismo cascándote 4.000 metros del vellón. Eres la Mireia Belmonte de tu barrio. El Michael Phelps de tu calle.

2.- El entrenador tiene cara de malos amigos hoy

Aparte, lleva diez minutos escribiendo en la pizarra el entrenamiento. Uhm. Tú calientas, que si estira este brazo, que si el otro, que si el manguito rotador… y él sigue escribiendo. Y comienza a olerte a chamusquina. Se ha quedado sin pizarra y ahora escribe, en pequeñito, en las esquinas.

3.- No, no, no.

Te sientes Amy Winehouse cantando Rehab. El entrenador viene y os cuenta lo que os espera por delante. Y tú comienzas a negar compulsivamente. Tú, que ibas a partir la pana con un 4×1000, y te viene con esa sesión con diecisiete cosas distintas y, lo peor de todo, todas muy deprisa y sin descanso. ¿Estamos locos o qué?

4.- Quién coños me mandaría.

En triatlón nos pasa muy a menudo, ya sabéis: ¿quién me mandaría a mí? ¿por qué carajos no me dio por la petanca, o por el ajedrez?

5.- Bueno, yo empiezo. Pero no prometo nada.

Aunque sigues negando con la cabeza, metes los pies en el agua. Piensas en la próxima competición, en ese triatlón sprint al que tantas ganas le tienes, y en el ironman, y te ves ganando y a la gente aplaudiéndote. No hay otra. Tienes que convencerte de alguna manera. Y te lanzas al agua.

6.- Bueno, no está tan mal.

Pero eh, tú nadas, empiezas el calentamiento, y anda que no te ha salido bien ese primer cien. Coño, que como salga toda la sesión así, te ponen un monumento en el vestuario. Si ya lo decías tú, que hoy estabas bien…

7.- Uy, espera…

Llevas quince minutos de entrenamiento: ya ha pasado el calentamiento y estás con las primeras series. Y esto quizás no va a ser tan sencillo. Te notas duro y te duelen los hombros. La brazada no es tan técnicamente bonita como preveías. Los compañeros te adelantan por la izquierda, y tú no entiendes por qué están torciéndose las cosas. ¡Pero si habías empezado bien!

8.- ¿Estos son mis brazos, verdad?

Si Rambo no sentía las piernas, tú empiezas a no sentir los brazos. La última serie progresiva de 400 con palas te ha dejado del revés. Te duele todo. Dudas que puedas hacer la siguiente serie, y piensas seriamente en alargar esa recuperación de veinte segundos hasta el minuto y medio más o menos.

9.- Va, venga, una más

Vaya tortura, tú solo quieres parar. Tus brazos quieren parar, tus cuádriceps quieren parar, tu cabeza quiere parar. Pero en algún punto recóndito de tu cerebro tu conciencia te está diciendo: venga, coño, un largo más, un largo más, un largo más. Y tú tiras, por inercia, tiras.

10.- Joder, sólo quedan dos series

Sigues queriéndolo dejar, no puedes con tu alma, pero leches, llevas 3.000 metros encima, ¿qué son 400 más? Una chorrada. Pero te duele mucho. Y vas lento. Y encima el entrenador aprieta desde el borde de la piscina. Puto triatlón, quién me mandaría. Hoy no voy a correr, me cojo la tarde de descanso. Pero sigues braceando. E incluso te picas y aprietas. Ya total, qué más da. Notas la patata bombeando en tu pecho.

11.- Vale, dejadme descansar

Ya estás en el vestuario. Te estás secando. Te pesan los brazos, jadeas, te tiemblan las piernas, el cuerpo te arde y notas el sudor brotando por tus poros. Dejadme, no me molestéis. No me pienso mover de esta esquinita hasta dentro de diez minutos. Hasta que me dé un jamacuco. Y de pronto empiezas a sentirte orgulloso. Has aguantado como un campeón. Vaya, creíais que no ibas a terminar, y has terminado. Y empiezas a pensar en la próxima sesión. Y en el próximo sufrimiento.

Foto de portada: Marvin Lynchard