Siempre he imaginado a los corredores de El país de las últimas cosas de Auster como tipos arrugados, con zapatillas viejas, con calcetines blancos de mercadillo, con pantalones cortos demasiado grandes y camisetas sucias y roídas que corren porque sí, porque no hay otra cosa que hacer, que sudan, que tropiezan, que se caen, que se levantan lentamente y comienzan a correr de nuevo sin acelerar el ritmo, dejando que el grupo se aleje, se pierda, para terminar trotando en la más absoluta soledad mientras anochece, mientras pasan las horas.

Siempre he imaginado a los corredores de El país de las últimas cosas de Auster como la viva estampa de cualquier personaje expatriado de una viñeta de Tony Moore, zombies que no tienen muy claro porqué hacen las cosas, que simplemente las hacen, porque una fuerza superior, común a todos ellos, les obliga a hacerlo: correr. Que un día se despertaron en un mundo al que no tenían muy claro que debiesen pertenecer, que se calzaron las primeras zapatillas que encontraron olvidadas en un armario, salieron a la calle y se pusieron a correr sin rumbo marcado.

Siempre he imaginado a los corredores de El país de las últimas cosas de Auster corriendo en silencio, sin hablar, sin quejarse, sin interactuar los unos con los otros. Así salieron de casa y así caerán al suelo, como cartujos modernos, en un voto de silencio autoimpuesto que evita distracciones y el consumo superfluo de energía: lo importante es avanzar un paso más, un metro más, una calle, una carretera, un kilómetro más hasta que las piernas se paren, se doblen las rodillas, se tumben en decúbito prono y no vuelvan a levantarse. Jamás.

El sábado pasado, en el Altriman, subiendo la infausta recta que nos despedía de Carcanières, me acordé de los corredores de El país de las últimas cosas de Auster. A lo largo de esa recta inacabable, a lo largo de esos cinco minutos infinitos, pude palpar el silencio sintiéndome uno de ellos. Ni anuncios de fujitsu ni hostias. El silencio estaba allí: En el dolor de cada uno de los que por allí pasábamos, en cada pedalada, en cada gota de sudor que rebotaba contra el manillar y acababa en la calzada, esa que nos saludaba con una frase de Oscar Wilde –folies sont les seules choses que l’om ne regretté jamais- y de la que ni nos despedíamos porque estábamos preocupados simplemente por avanzar, por llegar arriba, por volver a poner plato grande y piñón pequeño, por descansar las piernas y borrar la sensación de que las piernas estaban a punto de explotar. No hay nadie para animarte. Tus compañeros de club van por delante y por detrás, por suerte o por desgracia casi nunca se dan los condicionantes para que en estos momentos duros, en los que las pasas más que putas, coincidan contigo en el espacio tiempo. Tu familia está en meta, esperando pacientemente. Incluso los que pedalean a tu lado, venidos de Albacete, de Perpignan, de Monforte de Lemos, van a lo suyo. En silencio, pensando exactamente lo mismo que tú: que se acabe la jodida rampa.

Y es que, en el fondo, la gran mayoría del tiempo nadamos y pedaleamos y corremos en silencio. Envueltos en nuestros pensamientos. Cada uno con nuestro motivo, inmersos en la lucha contra las ganas de abandonar de hace media hora, contra las ganas de abandonar de ahora mismo, contra las ganas de abandonar de dentro de veinte minutos cuando se acabe el descenso y comience un nuevo tramo de subida, contra las preguntas sin respuesta, quién coños me mandará, qué hago aquí, contra las negaciones, no vuelvo a hacerlo, no puedo más. Y no solo en las competiciones. La gran mayoría del tiempo nadamos y pedaleamos y corremos en silencio: en los entrenamientos matutinos, cuando nos despertamos antes de que amanezca y tratamos de no hacer ruido, de no despertar a nuestras parejas, cuando nos vestimos lo hacemos en silencio, salimos a entrenar en silencio, recorremos las calles que despiertan en silencio. Luego vamos al trabajo y nos absorbe la rutina de las llamadas de teléfono, de las reuniones, del metro, de los whatsapps, de escuchar la misma emisora en la radio. Hasta que llega la tarde y nos desprendemos del traje, la camisa y la corbata y nos calzamos el gorro y el bañador, el maillot o las zapatillas y volvemos a nadar, pedalear y correr en silencio.

Nos une el común denominador de pasar gran tiempo callados, barruntando sobre el trabajo, sobre el entrenamiento, sobre esa pequeña punzada de dolor que notamos en el isquio izquierdo y que nos preocupa desde hace dos semanas, sobre la próxima competición, controlando las pulsaciones, adelantando mentalmente el trazado del próximo kilómetro, de la próxima brazada, de la próxima pedalada. Haciendo sólo dos ruidos: el de nuestra respiración al inspirar y al exhalar, y el de nuestras zapatillas al rozar contra el suelo.

Exactamente igual que los corredores de El país de las últimas cosas de Auster. Porque en el fondo somos un poco como ellos.