Domingo. Seis y veinticinco de la mañana. Suena el despertador. Abro los ojos y pasa toda mi vida por delante. ¿Qué necesidad hay de poner las pruebas deportivas tan pronto? ¿No se pueden poner a la hora del vermucito? Si los toros y el fútbol son a las cinco de la tarde, ¿por qué no también el running?

Me pongo en pie y constato que todo está en orden en este cuerpo lozano mío. El sábado había sido duro: me había desvelado a las cuatro y media de la mañana así que me calcé ojeras durante todo el día. Además, mucho calor, una trotada por el paseo marítimo con Mimoso que me había dejado muy cansado con posterior desayuno, un frugal vermú -de agua con gas, no temáis- con María Puig, y una comida contundente en casa de Toni Herena a base de macarrones con carne picada, chorizo y cayena, bien regaditos con vino tinto, y kitkats y mini magnums de postre. Lo normal. Txema, ahora que me estás leyendo: no fui yo, que me obligaron.

La tarde del sábado transcurrió con nervios y preocupación: sensación de pesadez de estómago -no entiendo porqué-, algo de hiperventilación y una sensación generalizada de cansancio que me hacía augurar el peor de los resultados al día siguiente. Me fui a la cama preocupado -y con arroz hervido con orégano y aceite de oliva de cena, que la recarga de hidratos había que hacerla de todas las maneras-.

Pero no. El domingo todo estaba sorprendentemente en su sitio y las sensaciones eran muy positivas. No tengo nervios y sí muchas ganas de comerme el mundo. Desayuno el arroz que sobró de la cena y un vaso de leche, me visto, recojo la casa para que Albert y Raquel no se asusten cuando vuelvan, hago la maleta y salgo para Plaza España. El metro va como un lunes a las ocho de la mañana, repleto de otros atletas como yo con la misma cara de sueño que yo.

Me planto en la zona de salida a las ocho menos cuarto. Pese a que había quedado con María no logramos vernos. Ella está muy nerviosa y lleva más o menos desde las siete de la mañana dando saltitos en la línea de salida de su cajón, el de 3h30. Me encuentro con Greg y juntos vamos para el guardarropa. Me despido de mi maleta hasta cuatro horas después, y buscamos a la gente del Cerdanyola: Guille, Chagua, Miquel y Joaquín están esperándonos para hacer foto. Nos faltan Carlos y Silvia, pero dado que la hora de salida se acerca marchamos para el cajón.

maratón de barcelona 2018

Greg, que viene al maratón a hacer de liebre para los compis, se viene conmigo al mío. A falta de tres minutos para que arranque la prueba, noto que me meo. Lo había hecho diez minutos antes, así que pienso que son los nervios y que en cuanto comience a correr se me pasará. Pero nada más lejos de la realidad: en el primer kilómetro me doy cuenta de que no son los nervios y que tengo la vejiga a tope. No es la primera vez que me ocurre. En Oporto, hace tres años y algo, ya tuve que parar cuando apenas llevaba cinco minutos de prueba. Qué listo soy.

En el kilómetro tres le digo a Greg que no aguanto y me paro entre dos contenedores. Ni diez segundos ni gaitas. Meada larga, de esas de “dios santo pero cómo tenía yo todo esto dentro”. Al volver al lío me noto superligero, así que subimos el ritmo de manera casi inconsciente mientras me entretengo viendo todos los pececillos amarillos que han pintado en el suelo de Avenida Madrid. Noto las piernas bien y a 5′ por kilómetro me siento cómodo. Así que los kilómetros van pasando poco a poco y todo parece que está en su sitio. El primer 5K en 26:05, así que mejor de lo esperado (ritmo de 5’10”) teniendo en cuenta la paradita técnica.

Bajamos por Diagonal y el desnivel negativo hace que subamos ritmo. Greg va como loco buscando fotógrafos. Decimos de las poses de Txema en IM, pero aquí al belga dale de comer aparte. Carlos Dapena nos da alcance en el diez, que por cierto hacemos en 25:18. Bravo. Los tres juntos se hace muy ameno: bajamos Numancia, Tarragona, enganchamos Gran Vía y los minutos van pasando casi sin darnos cuenta. Del 10K al 15K en 26:19. Hay que tener en cuenta que está la subida de Passeig de Gracia y que tengo que parar una segunda vez a mear.

Sí, lo sé, soy el Manneken Pis de la meseta.

En cada avituallamiento voy bebiendo agua: ni quiero deshidratarme ni quiero que me falten las fuerzas. En el kilómetro doce me he tomado el primer gel y continúo sintiéndome maravillosamente bien. El clima nos respeta, así que parece que los astros se han alienado para brindarme una buena carrera. De todas maneras no quiero hacerme ilusiones, el maratón es muy largo.

Subimos Meridiana adelantando gente. Del 15K añ 20K, que pican para arriba, 26:06. Estamos siendo conservadores y todo va según el planning previsto. La media maratón en 1:49:53, justo pelao para bajar de 3h40, mi objetivo -aunque Txema me hubiera dicho que estaba para 3h32-. Bien de tiempo porque ya hemos pasado el tramo duro, de aquí en adelante solo tenemos Paralelo, el resto es hacia abajo o en plano.

25:53 empleamos del 20K al 25K. Seguimos juntos Greg, Carlos y yo. He tomado gel en el 23 que me sienta divinamente. Al paso por Diagonal, sobre el 27, donde abandoné en mi primer intento de maratón hace ya seis años, me noto con fuerzas e inconscientemente incremento un punto el ritmo. La animación del público, que anima y aplaude, invita a ello. Al giro cerca de Glorias decido que es el momento de probar suerte calentándome un poco. No miro hacia atrás y subo a 4’55” el kilómetro. Las sensaciones son magníficas, y no está ocurriendo nada reseñable aparte de las meadas, que haya tenido que pedir vaselina en Bac de Roda y que Greg me haya hecho cantar un rato Enamorado de la moda juvenil de Radio Futura.

Del 25K al 30K marco 25:14. Le robo casi un minuto a los parciales previos. Es el momento de que en teoría llegue el muro, pero sé que no va a llegar. Hoy no hay muros. Del 30K al 35K, ya en solitario tras dejar atrás a Greg y Carlos, y pese al fuerte viento que nos da en Litoral, 24:31. Ni en el mejor de mis sueños. A este maratón de Barcelona le quedan apenas siete kilómetros y solo queda media hora larga.

Se me atraganta un poco Ronda Sant Pere, que tiene el puntito de desnivel para que se te haga pestosa, pero continuar adelantando gente ayuda muchísimo. Intento mantener el ritmo por debajo de 5K, pero entre tener que curvear en algunas calles, más el comienzo de Paralelo, me voy a 25:30 entre el 35K y el 40K. Quedan dos kilómetros y son los de disfrutar, sabiendo que voy a hacer una maratón inversa, con la segunda parte mejor que la primera.

maratón de barcelona 2018

Entro en meta finalmente en 3:36:24, en el puesto 3.468 de casi veinte mil valientes, con una sensación de orgullo que no me cabe en el pecho. Me merecía esta maratón, este cruzar la meta y poder decir: “me ha salido la carrera que quería”.

Y poco más. Que el vermú, los calçots, el vinacho, la butifarra y la crema catalana de después, además de la compañía, muy ricos. El McFlurry del aeropuerto demasiado frío para mi gusto y el bocadillo en Madrid esperando el bus demasiado caro para lo que era.

El colacao con galletas en casa, después de una buena ducha y ya en mi querido sofá, riquísimo.