Hay errores que no sueles olvidar y que casi está bien que ocurran. El maratón de Florencia ha traído uno: aprender a desayunar bien antes de competiciones fuertes. Una carrera a la que había llegado perfectamente, bien de piernas y bien de sensaciones, tirada por la borda por un fallo infantil.

Habíamos llegado a Florencia el sábado por la mañana. Tras una comida rápida, las visitas de rigor al David de Miguel Ángel y a la feria del corredor (horrorosa, por cierto) y paseo por el centro de la ciudad, fuimos a cenar: ñoquis, embutido y ensalada, más postre. Bien, los manidos hidratos de carbono y las proteínas. Entramos en un supermercado y compramos leche y barritas de cereales para desayunar yo, y punto. Y nos fuimos a la cama pronto, entorno a las diez; estábamos muy cansados.

Me levanté a las seis de la mañana. Fui dos veces al servicio antes de empezar a vestirme. Bebí unos tragos de leche, y me comí dos barritas. Preparé el dorsal, otras dos barritas de las que traía de Barcelona, los geles, y para la salida, que estaba a veinte minutos andando. Judit se quedó durmiendo en el hotel.

Hacía frío, y yo llevaba camiseta interior larga y encima la del club y cortavientos. Sabía que al final me iba a sobrar, pero como iba solo, preferí esta opción a la de empezar tiritando. En la línea de salida un auténtico descontrol: muchísima gente y pocas puertas de entrada. Al ritmo de afluencia que se está yendo, algún día pasará algo en alguna carrera.

Salida a las nueve en punto. Primeros kilómetros por una vía principal de circunvalación. Estabilizo entorno a los cinco minutos por kilómetro. No voy cómodo, pero tampoco voy mal. Adelanto a la liebre de 3h30′. A partir del kilómetro cinco nos meten en un parque en el que hay que hacer casi diez kilómetros en tres rectas bastante aburridas. Rompo a sudar y empiezo a encontrarme bien, suelto. Bebo agua cada diez minutos, y en el minuto cincuenta me tomo la primera barrita energética.

Llegamos al veinte y voy fino, a ritmo de 4’55” el kilómetro. Entramos en zona de mucho público. De pronto, en una rampa del km 22, tomo conciencia de que aún queda la mitad del recorrido, que nos va a llevar por la zona más aburrida, fuera de la ciudad, y noto que tengo poca energía. Tomo el primer gel pero ya es tarde, en el 26 veo que no tengo fuerzas y que voy a sufrir mucho. Pienso en abandonar, porque mi ritmo está bajando radicalmente:

 

La gente empieza a adelantarme y me deprimo. Quedan doce kilómetros que se me van a hacer eternos. Lo único que no quiero es parar, bajo el ritmo radicalmente, sin preocuparme del tiempo, con la intención de continuar, pero llegados al 36 mis piernas no dan para más y comienzo a andar. Incluso paro a estirar un poco. Siento que estoy fracasando, tan fuerte que venía, con intención de hacer 3h30′, y ahora dándome con un canto en los dientes si bajo de las 4h. Me cruzo en el km 39 con Judit. Le digo que voy mal, que la quiero, y que tardaré en llegar al hotel más de lo previsto.

En el 41, ya de bajada, intento subir un poco el ritmo, al fin y al cabo ya solo quedan diez minutos de carrera. Sigue adelantándome gente, pero me da igual: solo quiero llegar al arco de meta. Comienzo a pensar que pese a haber parado, lo importante es acabar, que no lo puede decir todo el mundo, y aprender de la experiencia. Aunque en ese momento pensaba que el problema había radicado en forzar a los 4’50” / 4’55” hablándolo por la noche con Carlos nos dimos cuenta de que no había sido así. En primer lugar el desayuno había sido pobre y me había quedado sin fuerzas mucho antes de lo previsto, de tal manera que los geles apenas me hicieron efecto porque ya iba vacío, y en segundo lugar el entrenamiento del domingo anterior me había cargado las piernas más de lo debido.

Errores infantiles de los que hay que aprender, sin duda.

Acabo al final en 3h56′, tres minutos peor que en Barcelona 2013. Habrá que esperar hasta marzo de 2014 para intentarlo de nuevo.