Iba a Madrid con una mezcla de respeto y tranquilidad. Respeto por un lado ya que la mayoría de la gente con que había hablado del tema me había comentado que la altimetría no era la más adecuada, que probablemente hiciese demasiado calor; y tranquilidad porque los últimos entrenos estaban yendo muy bien, mejor de lo esperado. A los 30kms de la Cursa de Bombers hay que añadir una tirada el sábado santo en Valladolid de 27kms que hice sin apenas darme cuenta, relajado, controlando pulsaciones.

Por el respeto que me infundía la prueba, me lo había tomado más como “un maratón más” que me sirviese para acumular fondo de cara sobre todo al Ironman 70.3 de Calella. En el planteamiento inicial, teniendo en cuenta que Barcelona fueron 3h30′, hacer en Madrid 3h45′ me parecía un buen tiempo. Sobretodo no quería sufrir en los kilómetros finales. Ni tenía ganas ni lo veía necesario. La temporada de carrera a pie acababa con esta prueba, los objetivos (mejorar en el #10kms y en el maratón) ya estaban hechos y desgastarme porque sí no venía a cuento.

Así que llegó el domingo. Me desperté a las siete en punto y las sensaciones no eran buenas. Me preocupaban dos cosas: había dormido mal (por razones exógenas, putos vecinos del hotel) y me notaba fatigadas las piernas: el sábado demasiado paseo para recoger el dorsal, más luego compras, más el acumulado de toda la semana de vacaciones en Valladolid.

a tenía preparadas las cosas de la noche anterior, así que me lo tomé con calma. Ritual: plátano, vaso de leche y galletas. Vístete con calma, estate concentrado.. Me planté en Cibeles a las ocho y cuarto. Me sorprendió lo relajada que iba la gente. El inicio del #10kms era a las ocho y media, y a esa hora había muchísima gente que en vez de estar en la línea de salida, iba pululando por los alrededores. “Será el caracter”, pensé.

Me metí en mi cajón a menos diez. Se me hacía raro lo de ir yo solo, sin gente del club. Trataba de despejarme, pero sólo era capaz de pensar que había dormido mal y que me quedaban cuarenta y dos kilómetros por delante. Vaya pereza, tú!

Dieron el pistoletazo de salida. Desde el inicio hasta el km 6 la carrera transcurría por Castellana, así que pese a la aglomeración de gente era fácil correr. Me había puesto un objetivo: no subir de Z2 en toda la carrera, lo que suponía no superar las 159ppm. Este primer tramo picaba para arriba, y me sorprendió (y preocupó) que cumplir esta asíntota superior en los dos primeros kilómetros supusiese ir a 5’25” y 5’18” respectivamente. A ese ritmo me iba cerca de las cuatro horas. Supongo de todas maneras que fue el no haber calentado, porque a partir del tres comencé a regular y bajar pulsaciones.

Llegados a las torres KIO la pendiente se equilibraba, y desde Bravo Murillo hasta Nuevos Ministerios tiraba para abajo. Una gozada ese tramo. en el que fui a 150ppm sin inmutarme, rondando los 4’50”.

Empezó a gustarme el recorrido. Sí, tenía sus pendientes, pero la verdad es que era amena. Me iba a plantar en el km14 sin apenas haberme enterado. Antes de entrar en República Argentina, una rampa de unos 300mts dura que hasta me pareció divertida, sin perder la base de no subir de 158ppm.

Santa Engracia picaba hacia arriba y se me hizo aburrida. Bajando por San Bernardo, camino de Gran Vía, empecé a ponerme miniobjetivos y darme pequeños premios cada diez o quince kilómetros. Primera barrita energética, escribir un tweet, mirar whatsapp, dar un trago más de agua… Esto me ayudó a plantarme en la entrada del Parque del Oeste casi sin enterarme. Había estabilizado el ritmo de carrera (haciendo la primera media maratón en 1h45’10”) e iba muy cómodo. David me dijo por whatsapp que a ese ritmo igualaba la marca de Barcelona, pero yo era consciente de que el segundo tramo de carrera era mucho más duro y que, lógicamente, a partir del 35 o 37 tenía que bajar el ritmo.

Llegamos a la Casa de Campo y noté que perdía fuelle, aunque me di cuenta a posteriori de que era porque el tramo era de subida. Recuperé al salir y empecé a pensar que, si en el 30 estaba yendo tan bien, tan a ritmo y sin cansancio ni físico ni mental, quizás podría intentar incrementar velocidad aún a riesgo de sacrificar pulsaciones, sin saber si los dos o tres últimos kilómetros iban a ser duros. Preferí esperar a llegar al 35. Al fin y al cabo aún quedaba una hora por delante, aunque en mi cabeza me ilusionaba el hecho de haber alcanzado los 30 en 2h30’41”, solo tres minutos peor que en Barcelona.

Pasé por el Calderón tocadete, pero ilusionado, enfocando dirección a Parque de Atenas (otra subidita de narices) y a la zona de Pirámides. En ese momento pensé que ya no había más pendientes fuertes, estando como estábamos en la parte alta de la ciudad, y que quedaba Ronda de Atocha, entrada en Castellana, y los tres últimos kilómetros. Decidí apretar, incrementando pulsaciones, creyéndome lo suficientemente bien como para no petar en los últimos kilómetros.

Y así fue. Aceleré en Ronda de Atocha, empezando a adelantar a gente que iba ya en ritmos realmente bajos, entré en Castellana como un tiro y llegamos a Goya. Iba muy cansado, en 170ppm, pero con fuerzas como para apretar. Quedaban tres kilómetros y era una carrera contrarreloj: sin haberlo planteado de inicio, podía hacer MMP. Calculé que si hacía ese tramo final a ritmo de 4’35”, podría conseguirlo.

El problema fue que al llegar a Plaza de Marqués de Salamanca me dio un calambre en la pierna izquierda. Me asusté. Nunca me había pasado eso de los famosos calambres. Pese a ello, seguí corriendo y apretando. Estaba un poco desubicado en cuanto a qué distancia exacta quedaba, porque el Garmin me daba unos 400 o 500 metros más, y no había visto la señal de 41. Pasado un minuto o minuto y medio del primer calambre, me volvió a dar otro. Paré en seco, se me encogió el dedo gordo izquierdo e, inmediatamente, el de la pierna derecha. No podía ser. ¡No me quedaba nada para llegar, menos de cinco minutos! Me aparté a la acera derecha y estiré unos diez segundos. Funcionó, ambos dedos se destensaron y pude seguir corriendo. Habría perdido unos quince o veinte segundos.

Intenté apretar y recuperar ritmo, con el miedo en el cuerpo de que volviese a darme.

Pero no fue así. Entré en el Retiro e incluso conseguí alcanzar al grupo de gente con la que iba antes de pararme. Esprinté cuando vi la meta cercana aun a sabiendas de que no mejoraba Barcelona, dado que el Garmin ya marcaba 3h30′. Al cruzar meta, paré exhausto y feliz. Miré el reloj y había terminado en 3h30’32”, 23 segundos más que en Barcelona. Dada la altimetría, el cansancio acumulado y el sueño, un éxito.

Solté un grito para liberar tensión. Empezaron a dolerme las piernas de parar en seco. Llamé a @juditizquierdo y se lo comenté a David, Albert, Pablo y Gelo por whatsapp. Luego a Vir y a mis padres. Me apetecía contarlo. Estaba mucho más contento que en Barcelona. Había acabado a tope (la segunda media maratón en 1h45’22”, solo 12 segundos más que la primera) y era muy buen síntoma, cara a las próximas competiciones.

Del cómo llegué al hotel, tapado con el plástico y arrastrándome, mejor no cuento nada.

Ni del cocido de después. Aunque de este una foto sí que merece la pena.