El domingo pasado se disputó la Media Maratón de Barcelona. A lo mejor os habéis enterado de que una señora con las piernas muy largas (y la falda muy corta) batió el record del mundo de la distancia, dejando la nueva marca en 1h05’09”. Creo que en algún periódico lo dijeron así de soslayo, escarbando entre las noticias de que Cristiano está triste, qué tendrá Cristiano.

La cosa es que el bueno de Jorge me engañó hace un mes para que me apuntase al evento y, la verdad, era una excusa perfecta para volver a la Ciudad Condal tras haberme marchado a la carrera al acabar el Ironman de Barcelona. No podría decir a ciencia cierta si tenía ganas de correr o no. Lo que sí tenía, eso seguro, eran ganas de ver a los amigos, ciscarme una calçotada, beber unas cuantas cervezas, ver a los compañeros del club y entrenar con ellos. Demasiadas cosas para apenas 36 horas. Pero bueno, habrá más viajes y más carreras y más excusas y más records del mundo que pasan por el periódico sin pena ni gloria. #lavidasigueigual.

Así que tras un sábado a la carrera, rematado con una botella de vino blanco entre tres y una estrellagalicia en un sitio cuqui, me fui a dormir a las doce. Por mí hubiera continuado la fiesta, coronándola con un gintónic, pero según parece hay gente más cabal que yo. El despertador estaba puesto a las siete de la mañana. Y sonó y toda mi vida pasó por delante y me puse la ropa de correr tropezando y demasiado más lento de lo normal y bostecé y maldije mi suerte y me di cuenta de que sólo llevaba una lentilla y decidí no desayunar nada y salimos al trote para hacer los típicos tres kilómetros de calentamiento -suputamadre- hasta llegar a Plaza Tetuan, donde habíamos quedado con Gregory para darle su dorsal rojo de señor rápido.

Hacía bueno, unos nueve grados, sin sol. Temperatura idea para que Florence Kiplagat batiese su record y yo no hiciese el ridículo. Porque contaba con él. Las tiradas largas de las últimas semanas no preveían una panacea contra el crono, y ya sabéis que de un tiempo a esta parte tengo más que asumida mi condición de globero que se arrastra de carrera en carrera y tiro porque me toca.

Media Maratón de Barcelona 2015

En fin, #queesosdramas. Dan la salida. Parto con la ventaja frente a los otros 14.998 atletas de que voy al lado de Jorge, tío rápido donde los haya, y puedo aprovecharme de su ritmo de mala manera. Primer kilómetro entre la gente, tranquilitos, 4’37”. No me molesto en mirar pulsaciones, porque voy cómodo. Subidita de Paralelo -yo te maldigo- también, a ritmo lógico. Vamos entre mucha gente y se va bien, tienes muchísimas referencias de gente, es sencillo poner un pie delante del otro. Y así vamos acumulando metros. El kilómetro tres, con su falso llano, se hace largo. Pica. Y yo noto que la velocidad de Jorge es para llevarla un rato, pero no todo el rato. Tomo conciencia de que no vamos a estar mucho tiempo juntos, y comienzo a valorar el hecho de que pete entorno al ecuador de la prueba.

En un acto globero sin precedentes, hasta pienso en recortar por alguna calle si me veo muy jodido. Es la ventaja de haberme dejado el chip en Valladolid (sí, no me busquéis en las clasificaciones, soy un monguer). Pero sin darme cuenta, poco a poco van pasando los kilómetros. Cruzo el diez en 44’46”, mejor de lo esperado.

Sufro un pequeño bache en el doce, ahí, en el culo del mundo, en Gran Vía en la zona de Sant Martí, pero no sé muy bien como al entrar en Diagonal, cruzándome con Gregorí, que iba ya por el 16 a un minutico de las liebres de 1h25′, empiezo a recuperar sensaciones. Al fin y al cabo quedan solo siete kilómetros. ¿Qué es eso? ¿Qué coños será eso cuando esté en el Ironman de Frankfurt y lleve en el cuerpo ya diez horas? ¿Que será eso cuando esté en el Ultra-tri y lleve encima setenta y tantos kilómetros corriendo? No será nada, joder. Así que aprieto el culo, me olvido de cansancios y mierdas, y trato de apretar.

Me voy comiendo kilómetros, adelantando corredores fundidos, y voy restándole segundos al cronómetro. Parto de acabar en 1h37′, así que calculo cuánto he de incrementar mi ritmo para bajar de ahí. Al llegar al 18, cerca de la Torre Mapfre, me doy cuenta de que si subo un punto la intensidad, puedo incluso bajar de 1h36′. Así que subo por Marina lo más rápido que puedo, con sangre en la garganta, y enfilo la meta, apenas 400 metros, con un minuto y medio de tiempo disponible. Sprinto los últimos metros mirando el reloj y termino entrando bajo el arco de meta en 1h35’57”, exhausto pero orgulloso. Miro el garmin y he pasado más de una hora en Z5. Nadie podrá decir que no lo he dado todo.