Un día de verano de hace muchísimos años corría yo de Santoña a Somo por el carril bici. Era verano. Iba sin camiseta, sudando, buscando coger el color que no cogía en Barcelona de lunes a viernes en horario laboral. Al lado iba mi padre, en bicicleta. No recuerdo si entrenaba para un maratón, para una media maratón o por simplemente correr. Quizás ya practicaba triatlón. No lo recuerdo. Mi padre pedaleaba con cadencia, a un ritmo fácil y accesible que le permitía ir hablando conmigo. Puede que llevásemos doce o catorce kilómetros a cuestas, y que nos quedasen otros seis u ocho para terminar.

En un momento dado, comencé a explicarle a mi padre en qué consistía completar un Ironman. Treskilometrosochocientos –todo de seguido- nadando, ciento ochenta en bici, y para rematar una maratón. El que gana lo hace en ocho horas, pero hay gente que tarda quince o dieciséis. Y mi padre, a quien esas cifras siempre le han parecido como de otro planeta, como de ciclistas o atletas profesionales, pero no de gente que los lunes nos anudamos una corbata para trabajar, un mono para ir al taller, o un mandil para entrar en la cocina vino a decir que hombre, pues es para hacer algo así hay que ser un portento, por dios, es que vaya cifras, no me digas, hay que estar muy preparado.

Nuestros padres tienen fe en nosotros, independientemente de hacia dónde dirijamos nuestros caminos. Da igual que nos dé por la calceta, por la ingeniería de caminos o por el triatlón. Si hacemos calceta enseñarán nuestros modelos orgullosos a sus vecinos cuando pasen por su casa a hacer una visita, si estudiamos ingeniería de caminos al conducir por alguna carretera perdida entre Monforte y el Bierzo dirá con grandilocuencia e hinchados como un pavo real esta carretera la diseñó mi hijo, y si nos da por el triatlón compartirán todas y cada una de las publicaciones que hagamos en las redes sociales.

Quizás no sepan distinguir entre una distancia sprint, un duatlón o un ironman, pero ellos querrán tener acceso a todas y cada una de las fotos para enseñárselas henchidos de orgullo a los compañeros del hogar del jubilado, en las clases de pilates o en las de informática aplicada a los nuevos modelos estadísticos. Porque los suyos no lo hacen, porque nosotros, sus hijos, somos diferentes al resto.

La fe, para mí, que ni creo en dios ni tengo visos de hacerlo en un horizonte cercano, se asemeja a un acto en el que te crees a pies juntillas algo que ni entiendes a ciencia cierta ni quieres entender, por si acaso. Te lo crees y así lo disfrutas. Así son nuestros padres con el triatlón, que creen y sienten fervor por nuestras participaciones deportivas, independientemente de cuáles sean.

Por eso siempre serán nuestros mayores fans, porque para ellos no importa si en esta prueba última fuimos más lentos de lo que esperábamos, o si tuvimos que andar en el segmento de carrera a pie, o si nos doblaron los profesionales. Para ellos somos unos héroes que hacen un deporte de tres disciplinas, que para hacer algo así hay que ser un portento, por dios, es que vaya cifras.

A las pruebas en que participamos nos acompañan nuestras parejas, quizás nuestros amigos, quizás compañeros del club. Con ellos bebemos las cervezas previas, las posteriores y todas las conversaciones relacionadas con la carrera. Ellos disfrutan de nuestros éxitos, de nuestras alegrías, de nuestro cansancio entrando en meta. Somos triatletas, somos gente afin, con ellos tenemos nexos de unión fuertes y arraigados.

Pero no nos equivoquemos, nuestros mayores fans son nuestros padres, que creen en nosotros por el mero hecho de ser nosotros, sus hijos. Con trimono o sin él.