Cuando uno se hace triatleta y compite, al menos las primeras veces, quiere contárselo al mundo entero, cantarlo a los cuatro vientos, escribir bellas epopeyas en rima asonante que narren, con todo lujo de detalles, nuestras hazañas deportivas: número de horas de la prueba, calorías perdidas, desniveles acumulados… Todo, hay que contarlo todo.

Y claro, nuestros amigos, que hasta ahora habían compartido con nosotros cervezas, calamares, gintónics y resacas, comienzan a valorar la opción de hacer el mismo deporte. Al fin y al cabo, se ve que nosotros nos lo pasamos como niños chicos. Y oye, algo tendrá el dichoso triatlón si estamos todo el día con él en la boca.

Entonces un día dicen que venga, que se lanzan, que se apuntan a un triatlón. Y nosotros nos alegramos lo que no está escrito, pensando qué bonito va a ser compartir un hobbie tan maravilloso, sin pararnos a valorar los riesgos que su decisión implica:

Que sea más pesado que nosotros

Ya hemos dicho en otras muchas ocasiones que los triatletas a la hora de contar nuestras vivencias, sobre todo en las redes sociales, somos requetepesados: fotos diarias de nuestros entrenamientos acompañadas de frases motivacionales, pantallazos de la compra de dorsales cargadas de buenas intenciones, análisis pormenorizados de nuestra evolución en Strava… Hay que querernos así.

El riesgo es que si logramos que un amigo se lance a participar en un triatlón, sea más pesado de lo que somos nosotros, y nos haga terminar empachados de nuestro querido deporte.

Suele ocurrir: va a su primera competición, le acompañas porque a ambos os ilusiona compartir un domingo por la mañana una medalla en vez de un dolor de cabeza fruto de una noche loca de sábado, y de vuelta a casa te pone la cabeza como un bombo: quejarse porque resulta que el segmento de natación ha tenido doce metros más de lo que estaba previsto con el trastorno que ha supuesto, dado que eso le ha destrozado la media, que en la bici podría haber hecho mejor ritmo pero que había muchísimo tráfico, mira que ya han colgado los vídeos (y te hace ver los diecisiete vídeos en los que sólo se ven cascos y cascos y más cascos), anda y en Facebook ya están las fotos (y te hace ver un álbum entero con 123 fotos), y mira las declaraciones de Gómez Noya tras su victoria, anda, si había hashtag de la prueba, vamos a leer los tweets…

Y así hasta que llegáis a casa de nuevo. Y tú pensando: no se callará, no…

Foto: Facebook

Foto: Facebook

Que sea mejor que nosotros

Tiene toda su lógica que cuando un amigo (o amiga, por supuesto) comienza en triatlón, solo por mero volumen de entrenamientos nosotros estemos en mejor forma. Incluso hay veces en que su bagaje deportivo previo es nulo, con lo que salir a correr a su lado, o ir a la piscina es relativamente reconfortante para nuestro fuero interno, en la medida en que de los dos somos los más rápidos, ágiles y guapos.

¡Pero, ay amigo, como nos encontremos con que a las primeras de cambio comienzan a nadar, pedalear o correr más y mejor que nosotros! ¡Qué sensación de frustración ver que empezáis unas series y no le puedes seguir el ritmo, tú, que te pasas el puto día hablando de triatlón, que cumples a rajatabla los entrenamientos marcados, que no te saltas ni un día el plan nutricional, y sin embargo ves que él (o ella), que es un novato recién llegado, tiene más aptitudes físicas!

¡Qué drama!

Foto: Flickr // Sands Beach Active Lanzarote

Foto: Flickr // Sands Beach Active Lanzarote

Que su pareja se enfade con nosotros

Cuando en su casa noten que están menos en el hogar, que participan menos de las tareas diarias, que la cuenta corriente se ve afectada, su pareja buscará culpables. Y cuando se entere de que tú fuiste quien le metió los perros en danza, no te lo perdonará jamás.

Asúmelo, quien gana un amigo triatleta, pierde a una pareja de amigo. Es ley de vida.

Que se compre mejor material que nosotros

Sueñas con una cabra. Todo el mundo sueña con una cabra. Pero por una razón u otra, quizás no la tienes. Y de pronto ese amigo tuyo, que comenzó en triatlón hace seis meses porque tú le convenciste, va y se compra una.

Y te mueres de la envidia y te llevan los demonios y te tiras de los pelos viendo lo bonita que es, lo rápida que es, lo veloz que se le ve acoplado los domingos por la mañana, sin que tú puedas hacer nada…

Qué rabia, eh…