Hasta mi abuela es ‘finisher’ tardando 18 horas, ¿pero qué mérito tiene eso?” se preguntaba hace unos días Fabian Roncero en la presentación de su nuevo libro, The runner man. El que fuera Premio Príncipe de Asturias del deporte criticaba así una moda, la de apuntarse a pruebas de larga distancia sin haber seguido el camino natural que les precede, que se está dando en los últimos años y que parece no tener freno.. “Lo que para mí es un modo de vida, para el deportista de ahora es una moda. Y tan pronto pasan de hacer una carrera de 5 kms a hacer una maratón o un trail de montaña”, había dicho Martín Fiz, otro ilustre de nuestro deporte, hace unos meses preguntado al respecto.

Pero parece que a la gente le da igual. La última, la televisiva Samantha Vallejo-Nágera, jurado de Masterchef, que este fin de semana completó el maratón de Nueva York en 8:02:46, a una media de 11’26” el kilómetro. Acompañaba a su pareja, Peru Aznar, que quería celebrar asi su sesenta cumpleaños. Para Samantha no era la primera ocasión en la Gran Manzana. En 2009 ya había participado en la prueba completándola en un tiempo de 5:18:29.

Me podéis decir lo que queráis, pero acabar un maratón en ocho horas, por muy reto personal que sea, a mí lo que me parece es que es faltarle el respeto a una prueba de esta magnitud, con sus cuarenta y dos kilómetros a cada cual más exigente. En algún momento del trayecto hemos perdido el norte y hemos decidido que hacer un maratón es enfundarse unas mallas chulas, una camiseta térmica, las zapatillas de turno y dar un paseo largo, porque eso es lo que dieron Samantha y su marido ayer por Nueva York. Ahí tenéis sus tiempos de paso: todo el recorrido andando. Un artículo de El Mundo ya anunciaba que así sería: “lo hará caminando para celebrar los 60 años de su marido, el enólogo Peru Aznar, quien también festeja que ha dejado de fumar“.

Y no. No es eso. Hacer un maratón es entrenar meses, en soledad, en pareja, con compañeros. Es correr y es correr mucho tiempo. Es entrenar de madrugada, cuando la rutina laboral lo permite. Es sufrir en las series, es darlo todo en esos últimos cien metros que te quedan para acabar una sesión. Es flato, sudor, es frío en invierno, es calor en los meses de verano, es miedo a las lesiones, es ir al fisio y que te duela el alma, es repasar los domingos por la noche los entrenamientos de la semana y sentirse satisfecho del trabajo realizado. Y son nervios, y pensar que no estás preparado, y salir ahí a darlo todo, hasta que llegue el muro, hasta que el ácido láctico te coma los muslos a mordiscos, hasta que quieras parar y sin embargo, continúes porque es a lo que se vino.

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