No a todo el mundo le encanta lo de calzarse unas zapatillas y salir a trotar. Aquí en casa, por ejemplo, a mi santa señora esposa le trae por la calle de la amargura el tener que entrenar por la calle. Ella es animal de pilates, máquinas del gimnasio o dar paseos. Pero no de correr. Ni en broma. Y lo hace, sin embargo.

Como ella, mucha gente se escuda en el «no he nacido yo para correr». Lamentablemente, no están en lo cierto. Porque está demostrado que los humanos sí estamos diseñados para correr, correr y correr. Según una investigación de la Universidad de Harvard, está en nuestros genes. Nuestros antepasados de la Edad de piedra perseguían animales hasta caer muertos. Según Daniel Lieberman, profesor de Antropología en Harvard, y autor del libro Historia del cuerpo humano, tenemos tendones de Aquiles, pies arqueados y gemelos poderosos precisamente por nuestra tendencia innata a correr.

Además, somos de los pocos animales que nos enfriamos solos: mientras otras criaturas tienen que parar y jadear para enfriarse, nosotros sudamos. Si somos capaces de reemplazar el líquido perdido, podemos alargar el tiempo desplazándonos.

Rebajas
La historia del cuerpo humano
  • Daniel E. Lieberman
  • Editor: Editorial Pasado y Presente
  • Edición no. 2 (11/06/2017)
  • Tapa blanda: 506 páginas

¿Entonces por qué algunos odian correr?

Una cosa es obvia: disfrutamos más de aquello que nos supone cierto sacrificio. De ahí que, aunque muchos piensen que odian correr, simplemente podría ser que no hayan encontrado la distancia que más les convenga. Y es que no hace falta correr un maratón o medio para ser feliz con unas zapatillas en los pies.

De hecho, un estudio llevado a cabo por la Universidad de Loughborough en 2013, en Inglaterra, descubrió que la capacidad para entrenar largas distancias está en los genes. «El 20% de la gente no responde en absoluto a la preparación, y de hecho su estado de forma puede llegar a empeorar«, afirmó en su momento Jamie Timmons, responsable del estudio. «Se esfuerzan tanto como los demás, pero sus músculos no extraen la misma cantidad de oxígeno«.

Por otro lado, está el tema psicológico: siempre se ha dicho que para la larga distancia se necesita una gran capacidad de sufrimiento. Aún no hay estudios suficientes, pero se cree que determinados tipos de personalidad son mejores que otros de cara a los deportes de resistencia.

La conservación de la energía, el contrapunto

Pese a nuestro diseño morfológico tendente a correr, según Daniel Lieberman hay un factor que invita a que, sin embargo, sí nos quedemos en el sofá: también estamos naturalmente diseñados para conservar energía. Cuando los primeros humanos no estaban cazando, el descanso era esencial para la supervivencia y la procreación. De ahí que, según él, los seres humanos evolucionaron para hacer ejercicio sólo en la medida necesaria para mantenerse con vida, alimentados y a salvo. Esto explicaría que, cuando arrancamos a correr, los primeros kilómetros sean los que más esfuerzo mental nos supongan.

El subidón del corredor

¿Entonces qué hay que hacer para disfrutar? Pues continuar corriendo. De todos es sabido el famoso subidón del corredor, ese cóctel bioquímico y neurológico que nos hace sentir invencibles durante un tiempo.

Tradicionalmente se ha creído que la liberación de endorfinas provocada por el deporte era la responsable del estado de efusividad del runner. Sin embargo, recientes investigaciones de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, apuntan en otra dirección: los endocannabinoides, una sustancia química que se libera durante el ejercicio y que desencadena el alivio del dolor y la reducción de la ansiedad en los mismos términos que lo hace el cannabis.

Así que sí, correr es difícil. Y fastidia. Y duele. Pero solo luchando contra lo peor de nosotros somos capaces de sacar a flote lo mejor. Y da igual que sea en un maratón que en un 5K por el parque de nuestro barrio. Cuando vencemos la batalla, te olvidas de los miedos, las inseguridades y el dolor. ¿Qué hay de malo en eso?