Al empezar en triatlón, quien más quien menos tenemos los mismos deseos, las mismas aspiraciones. Y empezamos en este deporte poco a poco, pero como dice el anuncio de la lotería, nadie tiene sueños pequeños. Y nos liamos la manta a la cabeza y empezamos a imaginar un futuro triatleta de lo más interesante, con podios, victorias, pulsómetros caros y bicicletas que más que bicicletas parecen naves espaciales. ¿Qué se le pasa a un triatleta por la cabeza cuando cierra los ojos y sueña?

Acabar un olímpico

Cuando aún no practicaba triatlón, vivía en Barcelona. El primer fin de semana de octubre era una especie de ritual bajar a la playa de la Mar Bella a ver el Barcelona Triathlon by Santander (por entonces era el Garmin Triathlon). Me moría de envidia viendo las caras de satisfacción, liberación y absoluta felicidad que tenían todos y cada uno de los que cruzaban la meta. Os juro que todos, absolutamente todos, me parecían superhombres. ¡Tres deportes! ¡Qué barbaridad!

Y volviendo para casa en el metro soñaba con algún día, hacer un triatlón. Bueno. Más bien era aquel. El Barcelona Triathlon by Santander. En esa playa. Y en ese paseo marítimo. En aquella ciudad. Aun hoy, años después, se me eriza la piel de recordarlo.

Uff.

Acabar un Ironman

Algo deben tener las pruebas Ironman si la gente se tatúa su logotipo en el gemelo, en el brazo, en el omóplato. Y es que esas cuatro palabras, ese You are an Ironman, es una sensación indescriptible. Y gritas, y cierras fuerte los puños, y estiras los brazos, y saltas de alegría en los metros finales. Otros abrazan a sus hijos porque quieren cruzar la meta rodeados de los suyos. Porque un Ironman es algo que se entrena en familia y se completa en familia.

Foto: Ironman // Nils Nilsen

Foto: Ironman // Nils Nilsen

Cruzar la meta de Kona

La imagen de Jan Frodeno agarrando la cinta de meta al tiempo que se desgañita liberando toda la tensión contenida. Y soñamos con vernos cruzar esa meta, con viajar hasta Kona, colocar nuestra bici en ese box, sufrir el viento como lo sufren los afortunados que participan.

Porque en el fondo, lograr el slot para Kona significa que hemos estado entre los mejores en algún otro Ironman, que hemos podido completar los 226kms en ocho horas y pico, o nueve y poco.

Foto: ITU Media // Janos M. Schmidt

Foto: ITU Media // Janos M. Schmidt

Tomar un café con Javier Gómez Noya

Un día, hace tiempo, el responsable de marketing de una importante marca internacional me dijo que patrocinaban a Javier Gómez Noya no por el triatlón en sí, sino por el branding que les daba. Imagen de marca. Y es que Gómez Noya es Gómez Noya, y todos querríamos conocerle. Saber cómo habla tomando un café. Si se echa un terrón, dos, sacarina o directamente no lo endulza, qué temas de conversación tiene. Si es tan cercano, sencillo y tranquilo como aparenta en los vídeos de Youtube que tantas veces hemos visto.

Tener una cabra

Ocho mil euros. Nueve mil euros. Diecinueve mil euros si piensas en la Argon 18 E119 Tri+. Bicicletas que cuestan más que coches. Bicicletas que no son solo bicicletas, que son status, que son velocidad, que son cerrar los ojos y sentirte durante unos cuantos kilómetros, los que te aguantan las piernas, Sebastian  Kienle, Iván Raña o  Jan Frodeno. Y es que en el fondo los triatletas populares somos deportistas élite en el cuerpo de domingueros. Y aunque las piernas no nos den, necesitamos el material que ellos usan.

Por cierto, señores de Canyon, si me están leyendo: Quiero la Canyon Speedmax y estoy dispuesto a ceder mi cuerpo a la ciencia. Ustedes ya me entienden.