Y por fin acabo el Triatlones del Norte Tour 2015. Tras el Bilbao Triathlon de hace tres semanas y el Triatlón de Zarautz del finde pasado, ayer clausuramos (con bises incluidos) con el Triatlón de Laredo, olímpico sin drafting.

La cosa es que yo no contaba con él, que no tenía previsto volver a competir hasta el Ironman de Frankfurt, pero cuando hace unos días me dijo Judit que quería pasar el finde en Santoña y me dió por mirar el calendario de la Federación Cántabra de Triatlón, y vi ahí ese Triatlón de Laredo, ofreciéndoseme dadivoso… Pues que no me lo pensé.

Y allí me planté (mucha niña mona, pero ninguna sola) a la una de la tarde, con un sol de estos que zurran bien, y algo de viento. Comí tranquilamente en un banco del paseo marítimo, haciendo series con el móvil (facebook – twitter – whatsapp – instagram, con un minuto de recuperación entre cada bloque), mi cuscús, mi aguacate, mis dos lonchas de jamón serrano, mis nueces y mi zumito de naranja. Y luego empecé a aburrirme. Me joden soberanamente estos triatlones que son por la tarde. ¡Con lo bonito que es madrugar, copón! Te levantas, desayunas, vas al box, compites, te lo quitas de encima y a casa a dormirla. Pero no. Aquí empiezas a competir a la hora de la siesta y vas con un jet lag del doce. Señores vascos y cántabros: así no.

A las tres y media abren el box. Empiezo a preparar las cosas… y no he traído lentillas. ¡Bravo, Diego, bravo! ¿Qué hacemos, triatlón gafapastas, o triatlón rompetechos? Decido la segunda opción. Lo mismo si hay clasificación de atontaos puedo pillar podium. Así que nada, dejo preparada bicicleta con su bidón de agua, zapas de ciclismo, zapatillas de correr, viserica para el sol, un gel y las gafas de sol. Me calzo la parte de abajo del neopreno, y tiro para la playa. Empieza, por cierto, a hacer un viento más que considerable.

Caliento un rato. Hay mucho oleaje, y no hay marcada línea de salida por ningún lado. Uhm. Me pega a mí que van a dar el pistoletazo a las bravas. Y así es. Nos colocamos los trescientos participantes, chicos, chicas, perros, señoras de setenta años con sombrilla y un guardia civil de tráfico en un amplio espectro de unos cien metros, silbatazo, y a correr al agua cual velociraptores. ¿Problema? Que como salimos todos tan desperdigados, y hay que ir hacia una sola boya, pues vamos haciendo embudo y nos vamos dando hostias hasta en el carné de federado. Para rizar el rizo el oleaje es muy fuerte, así que trago agua como para hacer un suquet. Horroroso. Termino la primera vuelta, que salen unos 850 metros, en 14’30”. Ah, pues bien. Primero del Cerdanyola CH. ¡Chupaos esa!

Triatlón de Laredo

En la segunda vuelta, más leches y más tragos de agua. Hago algo que no había hecho en mi vida: soltar un zurriagazo a uno que no paraba de insistir en meterme mano. Deja de hacerlo. O se ha hundido, o se ha acojonado. Miro el móvil al girar la boya… y se ha parado. Lamadrequeloparió. Marca 21′ cuando salgo del agua. Lo enciendo y salgo a la playa.

La playa. ¡Ay, la playa! Ese bonito y paradisíaco lugar. Los catalanes piensan que tienen las mejores playas sobre la faz de la tierra, pero en realidad están en Cantabria, con sus kilómetros y kilómetros de arena fina y brillante, emulando a las brasileñas… Y con orillas más largas que un día sin pan. Que sí, que para una postal quedan de puta madre, pero para hacer una T2, es un mojón considerable. Corro unos, no exagero, cuatrocientos metros. Llego al box destrozado, pidiendo bombona de oxígeno. Pero eh, ¡que ésto fortalece los tobillos!

Sorprendentemente hago la transición rápida, sin meter la pata. Veo que hay muchas bicis aún, así que he salido bien del agua. ¡Bravo! Arranco, empiezo a pedalear y voy cómodo. Pero eh, no nos envalentonemos, que nada más salir comienza el primer puerto. El recorrido son 19 kms de ida, y 19 de vuelta, con dos puertos de tres kilómetros cada uno.

Empiezan las primeras rampas… ¡y coño, qué desniveles! Plato pequeño echando virutas, y me pongo a adelantar a gente. Pero de igual manera por detrás vienen tíos mucho más rápidos. Miro las pulsaciones, y voy a 154. Venga, vale. Los tres primeros kilómetros los hago chino chano. Ya recuperaré en la bajada. El problema es que hay un viento en contra más que considerable (dicho finamente), y al llegar al descenso la bici me baila muchísimo. Eso y que yo soy un cagueta y tengo que trabajar mentalmente esto de las bajadas. Bueno, y que sin las gafas no veo tres en un burro (cuatro dioptrias en cada ojo #respect) y voy acojonaíto perdido. El segundo puertecito se me hace duro. Nos hemos empezado a desperdigar e intuyo que vuelvo a ir de los últimos, como en Bilbao y Zarautz. Pues nada, a cumplir el trámite. En un momento dado me doy cuenta de que he hecho la subida y la bajada cantando una de Melendi. ¡Lo que faltaba para el duro!

¿No os pasa a vosotros, que ahora estáis mirando raro? Si, yo en el tramo de bicicleta canto mentalmente. En Bilbao fue un villancico, en Zarautz ABBA… y en Laredo, Melendi. No podían haber sido Band of Horses, que para eso tienen una canción titulada Laredo, no. Tenía que ser Melendi. Pa’cantarte por Compay Segundo mientras tú me bailas como Lady Gagaaaaaaaaa

#suputamadre

Triatlón de Laredo

En fin. En el tramo plano, de unos quince kilómetros, voy acoplado y cómodo. Así me gusta a mí, hombre. Qué manía de poner cuestas a las carreras, coñoyá. Yo he nacido para hacer el récord de la hora. En el bkool, sin salir de casa, a poder ser. Y con cerveza fría en los bidones.

Sigue dando el viento de cara. A mí que me lo expliquen: si de un punto A a un punto B tienes el viento en contra, lo normal es que de B a A lo tengas a favor, ¿no? Pues aquí no. Aquí pega siempre. Cuarto Milenio, venid a Laredo a la de ya y que alguien desconecte el ventilador. Total, que vuelvo a subir, vuelvo a bajar, vuelvo a acojonarme, vuelvo a subir, vuelvo a bajar, vuelvo a acojonarme y me planto en meta. 1h28′ para hacer 38 kilómetros con 572 metros de desnivel. Y gracias que no voy el último. Y encima sigo primero del Cerdanyola. ¡Ja!

Triatlón de Laredo

Transición en 1’04” y a correr. Son dos vueltas de cuatro kilómetros. Voy cansado, y (adivinad) sigue pegando un viento que te cagas. Pero voy adelantando gente, me veo con ganas. Hace calor y tengo sed. El gel que había dejado en boxes había desaparecido (hay que ser rastrero, tú), así que a cada paso que doy me vienen más ganas de que venga el avituallamiento. Y llega en el km 2,5 y solo hay agua del tiempo. ¡Ains! Estabilizo el ritmo de carrera más o menos en 4’35”, y recupero posiciones. Me estoy gustando. Voy cansado, pero me gusto, egocéntrico que es uno. La segunda vuelta la disfruto porque me encuentro bien. Y aprieto en el siete y llego a meta en 2h39′ con buenos sintomas y ¡eh! definitivamente primero del club. ¡Esta vez sí!

Trozo de sandía, barrita energética, media naranja, otro trozo de sandía y cerveza de barril. Recojo la bicicleta, y a casa. En mi línea, la T4 es de 250 kilómetros, hasta Valladolid.

A eso no me gana nadie…