Ayer, mientras preparaba el artículo sobre el ironman de Madrid, descubrí con asombro, indignación y bastante mala hostia (sí, vengo calentito, #feliznavidad) que dentro de ese calendario provisional de la Federación Madrileña de Triatlón, algún lumbreras había decidido reservar el 13 de septiembre para una prueba llamada Triatlón de los emprendedores. Tócate las narices, Marirpuri.

Mira, puedo estar más o menos de acuerdo en que un deporte gane cuantos más adeptos mejor: significa promoción, significa que Marca le dedique más que un recuadrito de mierda a las victorias de Javier Gómez Noya, significa que habrá más cursos de entrenadores y más medios y lo mismo nos libramos de que Cetud continúe dando la parte online de la formación… Sí, que el número de licencias se incremente puede tener sus ventajas, no lo niego. Pero de ahí a convertir el triatlón en una puta moda en el que las marcas, ya sean de desodorantes, de detergentes, o de leche desnatada encuentren su filón, hay un mundo.

No quiero que con el triatlón ocurra lo mismo que con las carreras populares (ninguna capital de España sin su carrera popular, por favor), condenadas a competir por ver quién la tiene más larga, quién trae más cincuentones entrados en kilos a trotar, sufrir, sudar y fatigarse, a punto de explotar, como si estuviesen compitiendo en el mismísimo Marathon des Sables. No quiero ver al triatlón ser mero instrumento de promoción de empresas e instituciones, incluidas como una mera herramienta más dentro de sus abanico de posibilidades de responsabilidad social corporativa.

No, no quiero que el triatlón se llene de domingueros. No quiero que el triatlón se llene de barrigones que se creen que por hacer dos triatlones sprint al año, colgar las fotos en facebook y henchirse de orgullo al contarlo al día siguiente en la oficina, mientras desayunan café y bocadillo de chorizo (porque joder, se lo han ganado), ya están haciendo deporte. Porque con estas cosas es lo que pasa. ¿Por qué la palma gente en medias maratones? Porque no están preparados. Porque el pintar una media maratón como algo accesible a todo el mundo ha hecho más daño al deporte que Zubizarreta al Barça. Triatlón es esfuerzo, es superación, es entrenar lloviendo, es entrenar con frío, levantarse a las seis de la mañana un sábado para poder hacer tus cuatro horas de bicicleta sin que tu pareja te ponga morros y te amenace sin sexo los próximos siete días. Triatlón no es salir a trotar cuarenta minutos un día a la semana, o pegarse una paliza puntual tres semanas antes del dichoso Triatlón de los emprendedores porque resulta que tu vecino hace triatlón desde hace años y tú no vas a ser menos, hombrepordiós, y te mueres de ganas por mirarle por encima del hombro, eh, chaval, que yo también hago triatlones, qué te vas a creer…

Asumámoslo: No estamos para nada acostumbrados a la cultura del sacrificio. Y me cabrea muy mucho esta mierda del Triatlón de los emprendedores porque sé lo que va a pasar: triatlón popular supersprint, sprint y olímpico, abierto a todo el mundo con licencia de día, por la Casa de Campo, con participación abierta a bicis de montaña. Me juego un huevo y no lo pierdo. Y de la noche a la mañana nosecuántos madrileños dirán ‘Ah, coño, pues me apunto’, y en Antena 3 le dedicarán un minutillo dentro de la sección de deportes y algún avispado del departamento de marketing de esta o aquella o la de más allá empresa dirá ‘joder, joder, joder, que aquí tenemos un filón’ y de la noche a la mañana nos encontraremos que nacerán como setas pruebas similares y la gente que vivimos el triatlón, que sufrimos siete días a la semana, que hacemos malabares para compatibilizar hobbie y familia, nos encontraremos rodeados de domingueros que creen que, entrenando un diez por ciento de lo que entrenamos los que de verdad tenemos pasión por este deporte, pueden ser igual que nosotros.

Y no. Lo siento pero me niego.

Y hasta aquí el desahogo de hoy. Me voy a entrenar.