La semana pasada el Celler de Can Roca se hacía con el título de mejor restaurante del mundo, por delante de la Osteria Francescana y el Noma. Hace cinco años, cuando Judit y yo fuimos a cenar, “bastaban” cinco meses para conseguir una mesa. Ahora tienes que esperar más de un año para pagar 165 por persona por un Menú Festival. Sí, hay gente que es de la opinión de que si te vas a cualquier horno de leña a meterte entre pecho y espalda dos cuartos traseros de lechazo, un tintorro y una tarta de queso quedas como un señor, pero es que esto es otra cosa. Por mucho que trates de explicarles que ir a un restaurante de este calibre trasciende más allá del concepto de ingesta de alimentos para abarcar el terreno de las experiencias sensoriales, ellos erre que erre. Que su lechazo o su chuletón está más bueno.

¿A qué coños viene esto, os estaréis preguntando? Vosotros estabais esperando la crónica de un triatlón y en cambio me pongo yo aquí a emular a Rafael Ansón. Pues es que tiene mucho que ver: Igual que hay restaurantes de menú de nueve euros que conviven en armonía con restaurantes como el Celler de Can Roca, en el mundo del triatlón conviven pruebas de medio pelo con ínfulas con triatlones hechos y derechos que, igual que un restaurante decide optar por productos de mercado, cercanía y hacer una apuesta arriesgada, que tienes que pagar, hay triatlones que a lo largo de los años se ganan la gloria y el derecho de poder ser selectos y vivir del boca a boca.

Zarautz es uno de ellos. Hasta ayer, poco sabía de la ciudad donostiarra, más allá de que Arguiñano tiene un restaurante a pie de playa y que se pasa el día lloviendo. Me picaba la curiosidad muy mucho al respecto de su triatlón, hondonadas de hostias todos los años por conseguir un dorsal, algún motivo objetivo habían de tener más allá de la fama (algo así como puede pasarle a Arzak). Y ahora, apenas 48 horas después, empiezo a digerir con cierta perspectiva el por qué de las cosas.

El BH Zarauzko Triatloia te hace sentir, como un restaurante de tres estrellas y seis meses de lista de espera, sensaciones que van más allá de simplemente nadar, pedalear, correr, sudar, esforzarse, sufrir. Esto es otra cosa. Visto desde la distancia, tiene incluso algo de ceremonial. Y más con ediciones como la de ayer, en las que horas después -salvo si eres Marcel Zamora, Gustavo Rodríguez o Víctor del Corral y tu objetivo era la victoria- lo único que importa, el verdadero triunfo, es haber pasado el arco de meta y haber conseguido vencer al cúmulo de inclemencias que arreciaron a lo largo de la jornada.

Porque sí, aunque en mi fuero interno me niego a utilizar el adjetivo épico para describir lo del sábado, quizás he de reconocer que es el más cercano a la realidad. Subir camino del camping, a apenas dos kilómetros de la T2, y que haya un centímetro de agua cayendo desde arriba por la carretera, o que te tengan que ayudar en determinados puntos porque el suelo resbala tanto que pese a ir en plato pequeño y piñón pequeño, al mínimo detalle en la calzada te vas al suelo, es épico. Y las 539 afortunadas personas que pudimos disfrutar de esa experiencia, y llevarnos nuestra camiseta de finishers a casa, nos quedamos con eso, con que fuese en cuatro horas cuarenta, fuese en seis horas y media, hoy lunes podemos decir que hemos acabado, que hemos nadado desde Getaria hasta la playa de Zarautz, que hemos sido más fuertes que las rampas al 20% del famoso Muro de Aia, que pese a la lluvia hemos corrido los 20 kms de la carrera a pie llevados en volandas por ese público vasco al que hay que hacer un puto monumento porque los tienen como el caballo de Espartero. Tremendamente grandes.

Triatlón de Zarautz

Y ahí estoy yo, no dándole muchas vueltas a si el resultado es, en términos relativos, bueno o malo. Porque me da igual. Las 5h48′ son lo de menos. Lo importante son las sensaciones, el haber acabado la natación pensando que podría haber nadado otros dos kilómetros sin ningún tipo de problema, que en la bicicleta me supe adaptar a las adversidades y que disfruté como un enano en el Muro de Aia pegando golpes de riñón tratando de avanzar. Si eso es lo que sienten los profesionales al subir un puerto, menuda maravilla.

Sí, pasé miedo en algunos puntos -me cago en la puta con las curvas peligrosas, aprovecho para decir-, sufrí en otros tratando de recuperar terreno perdido, pero estoy muy orgulloso de haber visto mejoras, de ver que -emulando a Joan Laporta- quizás no estamos tan mal, y que en el fondo lo importante es tomar conciencia de que posiblemente me pasa con el triatlón lo mismo que Soren Kierkegaard con el amor, que lo importante es contarlo, narrar qué se siente por el camino, más que el hecho en sí de conseguirlo.

De hecho fijaos qué corto es el espacio dedicado a mí crónica hoy. Apenas dos párrafos y sin contar chascarrillos. Si hubiese hecho el ridículo, si hubiera abandonado o hubiese sufrido mil y una peripecias desgraciadas, como en otras ocasiones, esta crónica hubiera sido más divertida. Pero al estar contento y orgulloso de cómo transcurrió la prueba, apenas tengo qué escribir.

Una lástima, oigan. En el ironman de Frankfurt espero poder hacerlo peor para tener algo que contaros.

Foto de portada: Imanol Mujika