Os voy a dar una recomendación: si un domingo habéis hecho un ironman, especialmente si ha sido uno como el Ironman de Frankfurt, mejor no os apuntéis a nada a la semana siguiente. Ni a un triatlón olímpico, ni a un sprint, ni a una reunión de tuppersex ni a un torneo de petanca. A na-da. Quedaos en casa, bebiendo cerveza -aunque deshidrate-, viendo películas románticas junto a vuestra pareja y descansando patas y mente. Que falta hace.

Es decir, no hagáis lo que yo, que siete días después de meterme entre pecho y espalda un larga distancia a la parrilla, me fui hasta Medina de Rioseco para participar en la XXV edición de su triatlón olímpico. Porque yo lo valgo. No, que no es nada, cariño, un par de horas, vamos donde tus padres (que viven en un pueblo a veinte minutos), y ni te enteras. Cuando te estés levantando de la cama, yo ya estaré de vuelta.

Ya sabéis, las mentiras del triatleta.

Porque no, un triatlón olímpico no son dos horas. Y si no que me expliquen a mí. Me despierto el domingo a las ocho menos cuarto de la mañana, desayuno sigiloso para no despertar a mi suegra, y a las nueve menos cuarto me planto en Rioseco. Solo una hora y cuarenta y cinco minutos antes de que empiece la prueba. Que luego decimos de los preadolescentes que hacen cola a las puertas del Calderón durante semana y media para pillars sitio para ver a Justin Bieber en primera fila, pero es que nosotros tela marinera. Somos los beliebers del pantano.

En fin, que cuando comienza la prueba, yo ya llevo dos horas y media de preparación.

Y arranca, y empezamos a nadar -1.500 metros-, en teoría distancia fácil. Dada la carga arrastrada, mi idea era ir de dominguero relajado. No, es un entrenamiento, casi que una recuperación activa del cuerpo, no te preocupes, claro que no voy a forzar… Pero ya sabemos cómo va esto, que me metes dentro del neopreno y te transformas, que te ves rodeado de más participantes, ya en el agua, y de pronto tu Mr. Hyde belicoso sale a flote y ¿dominguero? los cojones. Aquí a dar brazadas como el que más y cuando se acaben las fuerzas, ya veremos. Y entonces tratas de apretar pero claro, tu cuerpo te dice que dónde vas bonito, que qué te crees, y aunque tú das brazadas, un dos respiración, un dos respiración, un dos trago de agua algo de respiración, un dos ay que me ahogo, en el fondo notas que vas mucho más lento que otras veces. Vamos, que aquello no da para más.

Y sales del agua en 28’56” en el puesto 64 -eh, ni tan mal-, teniendo en cuenta que el tiempo, como ya predijo Albert Einstein, es relativo. Que lo mismo podían ser 28’56” que 27’18” que 32’14”, porque entre que yo me había dejado el garmin en casa suegros, y que la medición no era con chip, si no un impresionante vosotros dadnos el gorro al salir del agua, que nosotros ya vamos apuntando si eso los tiempos a ojo de buen cubero, pues vete tu a saber. Que para fiarse, vamos.

Llego a la T1 con casi el neopreno quitado. Pa’ganar tiempo, vaya. Pero luego con la calma decido hacerme zancadilla y pierdo unos segundos preciosos. Ya sabemos como van los olímpicos, que si pestañeas, te lo pierdes. Y yo, me lo pierdo. Salgo al segmento de bicicleta un momento después que la grupeta con la que había salido del agua, lo suficiente como para que al empezar a pedalear no me dé tiempo a alcanzarles, así que me toca hacer los primeros kilómetros en solitario, luchando contra el viento en contra. Así, muy épico de andar por casa todo.

El recorrido es fácil: diez kilómetros pa’llá, y diez kilómetros pa’cá, con giro de 180 grados incluido. Al rato de lidiar yo solo contra los elementos -y contra la pereza mental, que ya estaba yo con el joder, su madre, quién me mandará, si yo ahora estaría en la cama como un señor– llega una grupeta a la que unirme. ¡Hola, Abel Cotillo, lector de Planeta Triatlón que me reconociste, que me hizo mucha ilusión! Yo en ese momento tengo las mismas ganas de ponerme a dar relevos como de que siete gigantes me repateen las pelotas con unas DrMarteens de puntera reforzada, pero el drafting es lo que tiene, amigo. Aquí hay que colaborar quieras o no quieras, que robar es feo, pero escaquearse de un relevo, más.

Y llegamos al primer giro, y ya me conocéis: que yo contaré las cosas muy bien, si, pero de técnica de triatlón ando más o menos como mi madre, que uno o ninguno. Y me despisto dando la vuelta (la carretera es comarcal y yo para trazar una curva bien necesito una plaza de toros) y cuando miro para adelante, la grupeta ha cogido distancia, y me toca apretar el culo para intentar pillarles. A todo esto hay que tener en cuenta que desde la vuelta de Frankfurt no había revisado la bici y las dos últimas coronas, las más pequeñicas, no entraban, así que estaba dándole zapatilla con una cadencia fina. Vamos, que iba haciendo el molinillo pero con el culo apretao.

Sí, lo sé, soy un puto trazas.

Les alcanzo al par de minutos, pero justo cuando llego a ellos, me doy cuenta de que no, que estamos apenas en el kilómetro doce y a mí tras el arreón para pillarles no me quedan fuerzas para aguantar ese ritmo, y sin querer me voy quedando poco a poco. Y les veo alejarse y saco el pañuelo blanco para con cariño y nostalgia decir adiós. Y casi para rendirme y pedir clemencia. Que pase ya esto, por favor. Un larga distancia es mucho menos agónico, dónde va a parar. Puta manía de ir con la lengua afuera en los triatlones de corta, oye. A ver, chavales: que no hace falta dejarse la vida en un triatlón, que se puede ir tranquilo en zona aeróbica, y no-pa-sa-na-da.

Triatlón Olímpico de Rioseco

Total, que vuelvo a estar más solo que Casillas en su despedida del Real Madrid. Hasta que vuelve a pillarme por detrás Abel, que también se había quedado -¡hola Abel de nuevo!- y me insiste en que apriete. Y yo no tengo ganas, pero ahí me encuentro otra vez, dando relevos. Y pega el viento por todos los lados. Y nos plantamos en el km 28, ya no queda nada, eh, un arreoncico, y el pobre Abel pincha y vuelvo a quedarme solo contra el mundo. Menos mal que la vuelta pa’cá pica ligeramente para abajo, y voy haciendo poco a poco. Me termina pillando otro grupete bien organizado, entre ellos dos tripis (Ortega y Falete, asociados), y los últimos kilómetros transcurren en un santiamén.

Termino bajándome de la bici en 1h12’16” -eh, que ni tan mal bis- a un ritmo medio de 33’21 kms. #respect

Pero al salir a correr soy consciente de que quedan diez kilómetros por delante y a mí, en ese momento, lo último que me apetece es correr. Prefiero antes una rueda de prensa de Angel María Villar que correr. Pero Villar me pilla lejos, así que corro. Despacio, eso sí. Bastante. Como voy sin garmin no puedo predecir el ritmo, pero intuyo que sobre los 5’15”, más o menos. Relajadito. Vamos, en mi ritmo diesel de este último año.

Que es un tema ésto de preparar larga distancia, oye, que luego te das cuenta de que cuando toca apretar para un diez mil, a ti se te ha olvidado. Y la gente se descojona cuando le dices que prefieres hacer una media maratón relajado que la mitad a ritmo destroyer, pero es que es cierto. Que hacer un Gómez Noya pasando de corta a media o larga distancia es hasta normal, que el cuerpo lo asimila, pero ¿quién ha visto últimamente a Jan Frodeno ganando el sprint de su pueblo, eh, eh? Correcto, nadie.

En fin, volvamos al tema: voy haciendo. Me cruzo con Nacho Tomé que va ya pa’meta (debía tener prisa el hombre), luego con los Zancajo, con César Alcolea -eh, que ya empiezo a reconocer a la gente en las pruebas por Castilla- y en la segunda vuelta veo que no estoy tan lejos de David del Valle, y aprieto un poco para pillarle. O frena él, que tampoco estoy muy seguro, y terminamos haciendo los tres últimos kilómetros cogidos de la mano, en amor y compañía. Que a ver, siendo sinceros, que nos faltaban dos para un mus, para que os hagáis a la idea del ritmo. Y entramos en meta y miro el reloj de la jueza, 2h33’48”.

No, cariño, que un Olímpico son un par de horas, ahora vuelvo.

La carrera a pie al final salen 52’33”, a 5’15” el kilómetro. Joder, que lo he clavao. ¡Que llevo un garmin dentro, chaval!

Me bebo un par de aquarius -hacía un calor quétetorras y había sudado a mansalva- y dos vasos de sangría (en Valladolid somos así, con sangría como isotónica), estiro un poco y tiro para el pueblo, que me espera un cocido madrileño, con sus garbanzos, su morcilla y su chorizo. El típico cocido a treinta y dos grados de temperatura que estás deseando meterte al cuerpo, ya sabéis.

Al final, llego a casa suegros a las 13:42, más de cinco horas después de haberme ido.

La corta distancia, que es un pis pas… Los huevos.