Plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo, subir Koppenberg sin echar el pie a tierra. Yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida. Bueno, me queda alquilar un dvd y votar a un partido de derechas, pero por lo demás, creo que el kit básico está hecho.

Ayer participé en la We ride Flanders, la marcha cicloturista que, un día antes de que se celebre la Ronde van Vlandereen, recorre a lo largo de 237 kilómetros el mismo circuito por el que Peter Sagan, Philippe Gilbert, Greg Van Avermaet y demás profesionales del pelotón pedalearán disputándose la victoria en uno de los cinco monumentos del ciclismo. ¿La diferencia? Que ellos lo harán con un petardo en el culo y sin pararse en los avituallamientos veinte minutos.

Ya lo siento por ellos.

Hechas las introducciones, empecemos por la crónica, que es a lo que hemos venido. Lo voy a decir al principio para quitármelo de encima, y ya que luego todo transcurra mucho más relajado: Me cago en Tintin, en el Atomium, en Thibaut Courtois y en todos y cada uno de los pilares de la cultura belga. Albert Boix se había tirado meses diciendo en Facebook #nosgustaelpavé, #nosgustaelpavé, #nosgustaelpavé… ¡Pues toma pavé, que hemos terminado de él hasta las mismísimas pelotas!

Seamos francos: los belgas (Greg, tápate los oídos) se pueden meter todos y cada uno de los adoquines de sus muros por ahí, exactamente por ahí. De uno en uno, sin prisas, pero con una buena cadencia, tres adoquines por minuto. Pero que se los metan. Si tras veintiún siglos de evolución el hombre civilizado ha terminado asfaltando en 98% de sus carreteras, por algo será. ¿Qué necesidad hay, queridos flamencos, de tener carreteras empedradas de una manera demencial, cuando ya hemos puesto un hombre en la luna, España ha ganado un Mundial y Nicolas Cage un oscar?

Ninguna, joder, ninguna.

El viernes volé para Bruselas. Nada del otro mundo. Los vuelos de ryanair cada vez son más aburridos. Hasta me dormí un rato. A la llegada me estaban esperando Peri, Greg y Albert como niños con zapatos nuevos porque se habían hecho una foto con Erviti, ese ciclista que tiene nombre de torero más que de profesional de las dos ruedas. Oye, que nos ha dicho que los muros acojonan, que eso pica para arriba que no veas, que con nuestro peso con que metamos seis y medio en las ruedas suficiente… 

Los ciclistas y nuestros ídolos. Hay que querernos así.

Subidos en la furgoneta en el parking del aeropuerto, comienza la típica road movie de toda competición en el extranjero: ve a una ciudad a por las bicicletas de alquiler, busca un sitio para comer a las tres de la tarde, hora en la que los belgas, más o menos, ya llevan un par durmiendo, de ahí vete a Amberes, a más de hora y media en coche, a dejar los trastos, sal a cenar a una hora típicamente española cuando los citados belgas, así grosso modo, ya están con el desayuno del día después…

Este descontrol horario entre culturas no puede ser bueno, la verdad. Tenemos normativas europeas para casi todo, menos para esto, que no puede ser que lleguemos los españoles hambrientos y nos toque cenar en un Quick, una cadena de hamburgueserías del palo Burguer King, porque no hay locales abiertos más allá de las ocho y media de la tarde..

En fin. Que la Super chicken special bbq bacon extra size xxl kalia oxiaction con patatas fritas y cocacola doble muy rica. Una recarga de hidratos de lo más pro. En mi línea.

Pero, antes de que avancemos, parémonos un momento en la recogida de las bicis: cuatro specialized, tres roubaix y una venge. Novísimas las cuatro, preciosas, inmaculadas, vírgenes, prestas a partir la pana en el pavé belga. Dos roubaix con pedales shimano para Peri y Albert, otra con pedales look para Greg y la venge, montada también con Look para mí.

Volvamos ya al hotel, hecho el inciso. Once de la noche: queda preparar la ropa, dejar todo ordenado, encomendarse a todos los santos y que Peri pase por nuestras habitaciones a ajustarnos la altura del sillín, que casi todas están un poco más altos de lo normal. Pasa por la habitación de Albert en primer lugar. Mientras, yo, que ya he dejado sobre la cama la ropa, me entretengo en mirar la mía. Qué robusto el manillar, y el cuadro en mate, y qué limpitos los frenos y que bonitME CAGO EN LA PUTA QUE ME HAN PUESTO PEDALES SHIMANO.

Once de la noche y me doy cuenta de que no, que los supuestos pedales Look para mis calas Look eran en realidad unos pedales Shimano. Que me diréis: pero cómo coños no te diste cuenta en la tienda, alma de cántaro. Y yo os miraré con cara de azerbayano pidiéndose una ración de croquetas en Villajoyosa: yo que sé, a veces ya tengo bastante con respirar. Yo os juro que vi unos pedales Look, pero entiendo que en vez de mirar mi bicicleta, miré la de Greg.

Así que ahí estábamos, a ocho horas del comienzo de la prueba, intentando encajar unas calas Look en unos pedales Shimano. Igual que hacer funcionar una cinta VHS en un vídeo Beta, igual que un pacto Ciudadanos // Podemos o igual que Belén Esteban leyendo un libro, hacer encajar dos sistemas de anclaje distintos es completamente inviable. ¿Lo primero que se me viene a la cabeza? Me he venido a Flandes para no participar. De puta madre. ¿Lo segundo? Macho, Diego, siempre tienes que liarla. ¿Lo tercero? Pues me bajo a la calle a probar, aunque sea metiendo la parte de delante de las calas, y que sea lo que dios quiera.

Bajo, pruebo a pedalear diez minutos, y en plano, y sin obstáculos, pues aquello aguantaba. A ver, aguantaba, entendedme: de aquella manera, inestable, inseguro… Como gobernar Murcia, pero en ciclismo.

Pero era la única opción: los cien primeros kilómetros eran planos, y seguro que por el camino encontrábamos alguna tienda de bicis. Ya en la cama (más de las doce) logro encontrar una en Zele, a cincuenta kilómetros de la salida, y que abría a las ocho y media.

Me duermo a las dos.

Me despierto a las seis y media, entre sudores fríos por haber soñado que discutía con Josef Ajram en casa de mi abuela Pepa y terminaba tirándole un bol de gusanitos por la cabeza. No vuelvo a cenar Super chicken special bbq bacon extra size xxl kalia oxiaction con patatas fritas y cocacola antes de una competición, os lo juro. ¡Vaya pesadilla!

Me ducho, me peino, me pongo las lentillas, me como un par de panecillos de leche con nutella, un plátano, reviso el móvil y me bajo al hall. Me esperan Peri y Albert. Greg ha pasado en recogernos a las siete en punto, pero al final terminamos coordinándonos con él para vernos en la salida, dado que llegar hasta nuestro hotel es inviable, ya está casi todo cortado.

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Foto: Elaboración propia

Empezamos a rodar a eso de las ocho menos cuarto, ya de día. Hay hondonadas de gente. Chispea ligeramente, pero sin ser un incordio para la práctica deportiva de la bicicleta. Me manejo en los pedales shimano y me encuentro bastante confiado. Rodamos por el centro de Amberes en un tráfico fluido: no llega a haber aglomeraciones y se puede pedalear más o menos con comodidad.

Pero comienza a llover con fuerza. Y cuando digo con fuerza, es a jarrear de cojones. En España, ya nos hubiéramos dado la vuelta para el hotel. Pero aquí estamos a tres mil kilómetros de casa, no tenemos otra cosa que hacer, y ya hemos pagado el dorsal, así que continuamos. Transcurren los kilómetros mientras nos vamos calando, que al llegar al primer avituallamiento yo tenía los pies que chapoteaban en las zapatillas, y los guantes tan mojados que ya tenía, en solo hora y media, las manos encalladas.

Era el kilómetro 45, aproximadamente, quizás algo más. Paramos apenas cinco minutos, los suficientes para mear, rellenar los bidones, cagarnos en la lluvia belga y comerme un gofre y un trocito de naranja. Me noto nervioso al retomar la carrera porque no encontramos la tienda de bicis. Suerte que Greg, originario de Flandes, tiene un flamenco fluido tanto hablado como escrito (de comprensión lectora no sé como anda) y pregunta a un lugareño. Le hacen las indicaciones pertinentes con la buena suerte de que la tienda de bicicletas de marras está justo en el camino, no hay que desviarse ni nada.

Es el kilómetro cincuenta y dos. Casi dos horas con los pies a la virulé sobre los pedales. Bravo por mí, ya estoy preparado para trabajar en el Circo del Sol.

Me cambian las calas entre risitas (estos españoles…). Me compro ya de paso unas gafas (sí, qué pasa, había salido sin gafas), y volvemos al pelotón, a darle caña. Iba supercómodo, superconfiado y supermineralizado, a apenas 120 pulsaciones por minuto. Las instrucciones de Txema era que hasta el kilómetro 150 fuésemos silbando, así que eso hago, ponerme a silbar.

En un momento dado noto que mi sillín está bailando. Otra. Con el fulgor de la batalla pedales vs calas, se me olvidó revisar en el hotel si estaba bien ajustado. No hay problema: En el kilómetro 105 estaba el tercer avituallamiento. ¿Problema? Que en el 101 está Paddestraat, el primer tramo adoquinado. La bici traquetea, mis manos traquetan, mi culo traquetea… y el sillín traquetea el que más. Hacer esos 1.300 primeros metros de pavé se me hace un dolor, muy incómodo. La gente me pasa por izquierda, por derecha, por arriba… Van como con prisas.

¡Con todo lo que queda por delante!

Afortunadamente llegamos al 105, nos reencontramos con Greg, que había tirado por delante (Peri ya debía de estar el hombre por el 130, aproximadamente), y ajusto el sillín. Que me podéis decir ¿pero no llevabas una multiusos, hijo? Y yo os podré responder pues no, si vivo empanado, vivo empanado para todo.

Me como un par de gofres y cojo otro para el camino. Punto a favor de los belgas, los gofres industriales.

Hemos pasado las tres horas de prueba y estoy bien, sin síntomas de cansancio. Empiezan los muros y los segmentos de pavé. Subo Leberg, Berendries y Ten Bosse fácil, a mi ritmo, despacito, quiero respirar a tu cuello despacito como salvando el expediente. Al fin y al cabo los muros jodidos aún no han llegado. Busco pedalear en grupo, dejo atrás a Albert que va alto de pulsaciones, me como el gofre que llevaba en el bolsillo, me hidrato bien, y acumulo kilómetros.

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El primer muro duro, duro, pero duro de verdad llega en el km 134: Muur van Geraardsbergen, posiblemente una de las cosas más bonitas que haya ascendido en mi vida ciclista: setecientos metros de pavé al 9’5 con un tramo de unos veinte metros al 19’5.  Un puro infierno de adoquines. Subo lento, lento, lentísimo, agarrándome al manillar, sintiendo cada adoquín en cada músculo, pero sin bajarme de la bicicleta. Por mis huevos que no echo el pie a tierra, me digo. La gente nos anima, nos aplaude, nos jalona… Y logro coronar, entre jadeos, sudores fríos y una sonrisa de atontao que no puedo con ella.

Albert llega dos o tres minutos después. Me como un par de gofres (por si no lleváis la cuenta, vamos por el sexto), nos echamos agua al gaznate, meo y salimos de nuevo. Hasta el 173 el recorrido es pestoso, sube y bajas incómodos, y ya la gente vamos dispersada lo suficiente como para que pillar rueda sea complicado. Hay un par de muros en este bloque, Valkenberg y Eikenberg. Pasables, aunque el segundo, de calzada al principio y de pavé al final, se hace duro. Arriba engancho con un par de chicas y un chico y voy fácil hasta el avituallamiento. Greg lleva quince minutos esperándonos. Peri ya debía de estar en el hotel haciéndose las mechas, más o menos.

Ser buen ciclista debe de ser la leche…

Llega Albert, a quien me encuentro con el séptimo gofre en el estómago y el octavo en la boca. Viene tocado el hombre. Descansamos diez minutos, hasta que coge resueño, y nos dirigimos hacia el segundo de los muros míticos de Flandes incluidos en el recorrido: Koppenberg, donde los PROs se dan auténticos palos y el año pasado todo el pelotón que no disputaba la etapa tuvo que echar el pie a tierra. Lo vemos de lejos, en nuestra aproximación, una rampa demencial, 500 metros al 9,4 y con un desnivel máximo del 22. Todo pavé. Al encararlo, me bajo de la bici para que nos hagan una foto: ese momento hay que inmortalizarlo.

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Foto: Elaboración propia

De la subida poco os puedo decir: simplemente demencial, un puto camino de cabras en el que la rueda resbala, no tienes espacio ni margen de maniobra. No entiendo como los profesionales pueden pasar por aquí a 24kms/h. ¿A cuánto iba yo? ¿A tres por hora? ¿A dos? Ni puta idea. Lo que sí sé es que logré hacerlo sin tener que bajarme de la bici. Ya tengo algo que contar a mis nietos.

Corona Albert, y continuamos, hasta alcanzar Mariaborrestraat, dos mil metros de pavé que, sin duda, para mí fue lo más doloroso de toda la carrera. Y es que dejadme que os diga, solo hay una cosa más dura que subir pavé: bajar pavé. Te duele todo el cuerpo, no tienes fuerza suficiente para frenar las ruedas, eres un monigote sobre la bicicleta. Tiemblas, sufres y vas acojonado. De lejos, lo peor de los 237 kilómetros.

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Foto: Elaboración propia

Alcanzamos el avituallamiento del 205 tras sobrevivir a Taaiemberg, Kaperij y Kanarieberg, aunque en el primero, de maduro que voy, me caigo a la cuneta en un tramo al 16% y tengo que hacer unos cien metros con la bici a cuestas. Una lástima. Pero en líneas generales me encuentro muy bien, me noto fuerte. Queda apenas una hora y media de prueba (aunque no sé cuánto llevamos transcurrido, porque apenas miro el garmin), y aún no muestro síntomas de fatiga. Bien. Otros dos gofres al estómago, otros dos gajos de naranja y partimos de nuevo.

Quedan cinco muros por delante. Los tres primeros, Kruisberg, Hotond y Karnemelkbeekstraat (leedlo de seguido si tenéis huevos) pasan bien. Quizás Kruisberg es un poco pestoso por la longitud, pero se lleva fácil, con cadencia, paciencia y buenos alimentos. Arriba espero a Albert comiéndome otro gofre (el decimosegundo, por si habéis perdido la cuenta). Nos quedan solo dos.

¡Pero qué dos!

Oude Kwaremont, donde el año pasado, si mal no me equivoco, Peter Sagan cimentó su victoria en Ronde Van Vlandereen, dosmil metros al cuatro con una máxima del 11’6%. Aunque parezca extraño, tras tanto pavé en las piernas, se me hace hasta relativamente sencillo ascenderlo. A mi ritmo, claro, y con el cuidado suficiente como para no matarme, dado que ha vuelto a llover de lo lindo y el adoquín está resbaladizo. Mientras espero a Albert, me como el último de los gofres.

A Paterberg llegamos un poco con el gancho, va para diez horas sobre la bicicleta. Cuatrocientos metros al 12,9 con una rampa máxima del 20,3. Plato pequeño, piñón grande y a pedalear, que sea lo que dios quiera. Intento no echar el pie a tierra, como en Koppenberg, pero no es posible. De la lluvia el adoquín está muy resbaladizo y me caigo hacia mi derecha, casi llevándome por delante a uno que estaba superándome. Hago la segunda parte de la ascensión con la bici al hombro y tratando de no matarme: andar por esa pendiente con el suelo mojado era hasta un peligro.

De ahí a meta, noto que el último gofre me ha sentado divinamente y comienzo a ir rápido, muy rápido, en plano a 33kms/h. Los últimos diez kilómetros son una larga recta de acceso a Oudenaarde en la que me lo paso como un cochino en el barro, pedaleando con todo lo que me queda, aunque noto que si me dicen que tengo que hacer otros veinte kilómetros (en plano), lo hubiera hecho.

Cruzo la meta muy muy despacio, mirando el arco de meta en el que los PROs hacen historia. Sonrío.

El Tour de Flandes en su versión dominguero, hecho. 237 kilómetros de historia ciclista que ya puedo echarme al zurrón.