-Oye, Filipides. que acabamos de ganar a los persas, tú que haces jogging, échate anda una carrerrilla a Atenas y avisa a las zagalas, que ni se suiciden ni se carguen a los niños, que vamos para allá en un rato.

-Qué? Corriendo? Vosotros estáis locos o qué? Pero habéis mirado el google maps? Que Atenas está a tomar por culo, hombrepordios…

Así debería haber sido la historia en realidad y no la mierda esa de correr no sé cuantos kilómetros y espicharlas al llegar a Atenas. La vida hubiera sido muchísimo más sencilla para la gente que hacemos deporte, y yo no estaría ahora quejándome como un jubilado octogenario de que tengo escocidas axilas e ingles, de que me duelen los isquios lo que no está escrito y que esta noche probablemente me costará dormir dios y ayuda. Nada de eso hubiera pasado.

Lamentablemente Filípides hizo el recorrido de Marathón a Atenas y Pierre de Coubertín -supongo que tras una noche de fiesta, si no no lo entiendo- puso de moda la carrera de marras. Ana Obregón puso de moda las hombreras, y Pierre de Coubertín el maratón, cada uno con lo suyo. Y de la noche a la mañana todos los señores con bigote y pantalón corto, Murakami incluido, empezaron a correr los 42 kms como si no hubiera mañana y ahora no hay ciudad que se precie que tenga, aparte de su carrera solidaria de 10kms (que esa es otra de la que hablar largo y tendido) un maratón con el que atraer a incautos, como ha hecho Oporto este fin de semana conmigo.

Porque asumámoslo: a mí este maratón me sobraba. Muy mucho. Y como los excesos se pagan (salvo si eres Rodrigo Rato, claro), ahora tengo que ponerme serio y hacer un planteamiento para los próximos dos meses de mi vida. Vale de apuntarse a carreras como si no hubiera mañana, por mucho que me guste competir. Ahora que ya estoy más o menos ubicado en Valladolid (a medio camino entre casa de mis padres y casa de mis suegros, sí, pero ubicado) tengo que ponerme firme con el descanso, arreglar L3, ciática e isquio y sobre todo con la dieta. Llegué al IM de Barcelona en 68kgs (ya pasado dos kilos) y el lunes pasado estaba en 72,6. #sinpalabras.

De la carrera de hoy poco que decir. Sí, iba como dominguero (y me cogiste de la mano), pero no a hacer el ridículo, que a la postre es lo que he hecho. El desastre se comenzó a gestar ayer, con el paseo por Oporto a lo guiri. Demasiada caminata y demasiada cuesta. Ya pasó en Florencia el año pasado, así que tenemos una primera conclusión a tener en cuenta para próximas ocasiones: Visita guiada y atletismo, no.

Esta mañana ha amanecido despejado (tras el diluvio universal de la noche) y con temperatura ideal para correr. He desayunado tranquilamente, y hemos salido de casa a las ocho en punto. Teníamos veinte minutos de paseo hasta la salida. Pensaba que estaba más cerca, pero no. Bolsa al guardarropa, foto de rigor, búsqueda de las liebres de 3h45′ y al lío. Salida puntual a las nueve en medio de portugueses, cacereños y gallegos, con una rampa de doscientos metros riquísima para empezar. Y yo meándome. Al llegar a Plaça de Boavista, he tenido que parar para evitar males mayores. Me he encontrado bien y he ido adelantando con calma, rondando los 4’52” – 4’55” en cada kilómetro. He adelantando a mis liebres entorno al km 5, y he continuado tirando. Las de 3h30′ estaban a unos trescientos metros, más o menos.

Las he dado alcance en el kilómetro quince. Era consciente de que estaba haciendo algún exceso, rozando las 164 pulsaciones en algún momento, y sabiendo que iba a terminar pagándolo, pero aún con ello he seguido. En el km 20 he podido alimentarme (segundo error del fin de semana, me dejé las barritas y los geles en la mesa del apartamento), pero creo que ha sido demasiado tarde: al llegar al avituallamiento del km 25 ya iba con la reserva, y en cuanto he perdido a las liebres, me he dejado ir. De ahí al 30 se iba mascando la tragedia, y justo al salir del túnel de Avda. Gustave Eiffel, al final del puente de Luis I, el isquio izquierdo ha dicho basta. He trotado un par de kilómetros más, siendo consciente de que quedaba una pesadilla de casi diez kilómetros por delante, pero en el 32 no he podido más. Dolor, rabia y frustración a partes iguales.

Y sin poder abandonar, encima, porque no podía llamar a mi hermana (que estaba danzando por la ciudad buscando unos botines) y porque tenía que llegar a meta para recoger mi ropa sí o sí. Así que he tenido que andar a sabiendas de que me quedaba una odisea por delante. He cojeado, parado a estirar, resoplado, pensado en por dónde acortar para llegar a meta lo antes posible (sin recoger la puta medalla, por supuesto), sin conseguirlo.

Me ha adelantado el grupo de 3h45′, me ha adelantado el grupo de 4h y me adelantado todo perro pichichi. Ha sido frustrante: querer correr y no tener ni fuerzas ni piernas. En el km 38 (pasadas las cuatro horas) he mandado todo a tomar por culo y he empezado a trotar. El cielo estaba completamente nublado y llevaba quince minutos escuchando truenos. He entrado en meta en 4h21′ -lamentable- en el momento en que comenzaba a llover.

He recogido la bolsa del corredor (medalla, botella de vino y camiseta de finisher que no me he ganado), bebido una superbock y recogido mi ropa justo antes de que empezase a diluviar. Me he tapado con un plástico de la organización, mandado (nuevamente) todo a tomar por culo y comenzado a andar camino al apartamento. He podido pillar -calado- un autobús que me ha dejado en Plaza Boavista, aún a media hora de casa.

Así que he llegado a las dos y media tiritando, de mala hostia y con calambres en las piernas. Pero qué coños, me lo he ganado, por descerebrado. Si no hubiera ido a correr este finde, nada de esto hubiera pasado.

Pero insisto: de todo esto se aprende. E igual que aprendí el 27 de noviembre de 2013 con Florencia, aprenderé con este 2 de noviembre de 2014. Voto a Brios.