Hoy tengo el gusto de presentaros a Óscar Castillo Delgado, uno de estos triatletas por los que sientes verdadero respeto y admiración. Los que tenemos la suerte de entrenar con Óscar sabemos que es un tío muy grande, no sólo en lo deportivo, sino en lo personal. ¿Quién si no él podía terminar en un puesto 35 absoluto en la general y segundo en su grupo de edad en el terrible triatlón de Guadalajara 2015?

Si quieres saber todo lo que pasó en Guada, no te pierdas la crónica de la XXX Edición Triatlón Guadalajara 2015, por Óscar Castillo. ¡¡Qué grande eres!!

El pasado sábado, 29 de agosto, tocaba retratarse en el Triatlón de Guadalajara. Es el decano de los triatlones nacionales, que ya cumplía su trigésima edición y en el que siempre me exijo un puntito extra al ser el tri de casa y estar rodeado de familia y amigos.

Por la mañana en la T2, colocando zapas y visera en las pistas de La Fuente de la Niña, ya se vislumbraba lo que tendríamos durante el resto del día ¡¡UN AUTÉNTICO INFIERNO!!

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La temperatura rondaba los 34º C y vaticinaban llegar hasta los 38º como así ocurrió.
Con una excelente organización a nivel logístico, como el año anterior, nos desplazamos en autobús hasta la T1 situada en el Azud de Pareja, donde transcurre el segmento de natación.

Para nuestra sorpresa, a pesar del calor sofocante, comunicaron por megafonía que el agua estaba justo a la temperatura para poder utilizar neopreno.  Algo que cogió por sorpresa a muchos triatletas, que no lo incluyeron en su mochila. Yo, en mi caso, dudé si utilizarlo o no, ya que sólo lo había utilizado en 4 ocasiones y me agobia en exceso, pero me acordé del buen resultado que me dio en el Garmin de Barcelona y finalmente decidí usarlo.
El calvario que paso siempre para ponérmelo no tiene nombre. Y más aún con esa temperatura, donde las gotas de sudor emanaban por cada poro para “facilitar” la tarea. Finalmente conseguí ponerlo en su sitio y rápidamente me metí al agua para refrescarme y quitar la sensación de agobio reinante.

En la salida, que fue conjunta para mujeres y hombres, decidí situarme en primera línea. Pero en un lateral donde había muy pocos participantes, lo que me permitió tener un comienzo tranquilo, sin los agobios iniciales que supone una salida con unos 336 participantes (récord de inscritos).

Como el agua es mi punto débil y soy un auténtico paquete nadando, seguí la estrategia de siempre. Es decir, pillar unos pies ágiles y tras 2 ó 3 chequeos para saber si el torpedo que llevo delante tiene bien ajustado el punto de mira, dedicarme exclusivamente a nadar sin levantar la cabeza para ver las boyas hasta que llegue al final. ¡¡Ya Anita!!! ya sé que no es lo suyo. Pero lo confieso, cada vez que miro para adelante, trago que me meto. Y normalmente el que llevo delante nada mucho más suelto que yo, o al menos eso pienso. La natación fue bastante tranquila, unos manotazos, unas patadas, un codo en una boya y listo para llegar a la T2. Salida del agua en 31:07 según la clasificación final.

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La salida del agua es un poco complicada. Ya me pasó en el Triatlón de Pareja y me volvió a pasar de nuevo el sábado. Al llegar a la rampa de salida, me quedé como un renacuajo, moviendo los pies e intentando echar mano a algo que no conseguía alcanzar. Lo probé con el tobillo del que me precedía pero se me escapó, 🙂 Luego lo intenté con una minúscula cuerda, pero estaba demasiado lejos. Y allí estaba yo, viendo salir a la gente e intentando agarrarme a algo para salir, ¡¡hasta que un voluntario me acercó su mano y finalmente pude salir!!!

De camino a la T1 llega la odisea de quitarse el neopreno. Con cuatro únicos usos, os podéis imaginar la agilidad que tengo a la hora de realizar la maniobra. La imagen de un tío de 44 años, medio acalambrado y pataleando cual bebé para deshacerse del dichosito traje resultaba ridícula en mi cabeza.
Al salir en la bici le pregunto tiempo de natación al primero con el que me emparejo y me dice que unos 32 minutos. Me pega un subidón de moral porque las sensaciones durante el agua era de ir muy despacio y frenado por “el torpedo guía”.

La estrategia de la bici era la de reservar piernas y guardarlas para el tramo de carrera. A diferencia del año pasado, que salí a tope desde el comienzo, sin pensar en la transición a pie.
En los primeros repechos junto al azud, empiezo a adelantar a gente que nada mucho mejor que yo, lo que me confirma el excelente registro en el agua y me repito la estrategia de reservar en el segmento de bici.
A pesar de ir a un buen ritmo y pasar a un buen número de participantes, en uno de los numerosos repechos antes de Durón, me pasa un misil, que no es otro que mi buen amigo Eusebio (51 IronMan a sus espaldas, bueno a sus piernas…). Me había comentado antes de empezar que llevaría la misma estrategia que yo, bici “tranquila” y carrera a tope. Pero…vaya bici se estaba marcando!!! Decidí dejarle un poco de espacio y llevarle de referencia a unos 500 metros. Fue un continuo tuya-mía. En las subidas le superaba, y en las bajadas se me escapaba, pero fuimos prácticamente todo el recorrido al mismo ritmo, lo cual me permitió dosificarme.

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En la subida al primer puerto situada en Budia, Km 20, veo a mi buen amigo José y me cantan posición 45. A partir de ahí, voy recuperando posiciones en las subidas y perdiéndolas en las bajadas. Esos triatletas acoplados en sus cabras, con ruedas lenticulares y de perfil, me pasan en la larga bajada hasta el Km 50 con cierta soltura y me exige un esfuerzo extra en el llano y en las subidas para consolidar posición 35 en la última subida de Lupiana.

Desde el avituallamiento en el Km 22 hasta el 65, prácticamente todos pagamos el esfuerzo, el excesivo calor y el consumo elevado de agua e isotónico, lo que provoca en mi caso principio de deshidratación. En muchos otros casos, éste fue el motivo principal de retirada en el segmento de carrera o incluso a la llegada de la T2.

Llegando a la T2, me encuentro a mi hermana Sonsoles y me arranca una sonrisa, a pesar de que voy pesando en lo que me espera. Entro en las pistas y rápido escucho a alguien dándome ánimos, que no termino de identificar. Hago una transición rápida y al fondo oigo “vamos Óscar, que hoy te sales”. Y pienso “si supieras como llevo los cuádriceps…” Y así comienzo el tramo a pie, 20 km por delante con el vasto interno de ambas piernas contracturado y preguntándome en cada paso cuánto aguantarían mis piernas antes de decir ¡basta!.

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En el primer kilómetro hago una valoración de daños y me doy cuenta que tocará sufrir más de la cuenta. Por eso, decido no mirar el ritmo en mi Garmin y olvidarme de la idea de rodar a 4:30.
La primera de las cuatro vueltas se hace eterna, especialmente en las subidas, donde la asfixia por el calor es insoportable. Me salva el hecho de tener avituallamientos muy bien ubicados y provistos de agua fría, todo un lujo por parte de la organización, que sirven para refrigerarme cabeza, piernas y espíritu.

En cada paso por las pistas están mis padres, primera vez que asisten a un evento de este calado y están estupefactos del derroche de energía “sin sentido” que, según ellos, hacemos los triatletas.
También me acompañan Miriam y mis hijos Sara y Óscar, que hoy están metidos de lleno en el ambiente del tri (como voluntarios en el avituallamiento de meta). Por todo el recorrido, buenos amigos de la Grupetta: Gonzalo, Miguel, Yolanda; los Búhos: Fernando, Raúl, Juanma, Félix, Daniel; del Club Maratón: Alberto, Payo, etc., parece que se han colocado estratégicamente para darme un empujón anímico en cada una de las vueltas, y que me permite fraccionar psicológicamente el recorrido hasta llegar a meta.

Ya en la recta de meta, el mayor de los placeres que siento como padre y triatleta: coger de la mano a mis hijos y recorrer juntos los metros finales. Su cara y su emoción merecen todo el sacrificio realizado.

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Finalmente puesto 35 absoluto y segundo en mi grupo de edad, con un tiempo total de 4h36´10” que supone una mejora de 5 minutos respecto al año anterior, que lo valoro enormemente dadas las condiciones climáticas que padecimos.
Como bien dice mi buen amigo Fernando Sancha, ¡cuanto más duro sea el tri, mejor me sale!

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Por último y para rematar la faena, qué mejor que un par de platos de exquisita paella y los bizcochos borrachos de Virginia, rodeado de buena compañía y disfrutando del logro conseguido, pero sin dejar de pensar en el próximo reto.