El sábado 13 de febrero, a las 21.00h, Alex Cooper se subía al escenario de la Sala La Riviera, en Madrid, a celebrar sus treinta años de carrera musical recuperando las canciones más míticas de su primera banda, Los Flechazos. Las entradas estaban agotadas desde noviembre, y sin duda alguna el leonés más mod no defraudó: más de hora y media de pop del bueno.

¿Alex Cooper? ¿Un concierto? Diego, qué coños te pasa, esta es una web de triatlón, lo de crítica musical déjaselo a los amigos de Mandarina Magazine.  A ver si nos centramos…

Lo que pasa es que este fin de semana pasado yo lo único que tenía pensado correrme era una gran fiesta escuchando las canciones que marcaron mi juventud y en absoluto tenía planeado meterme entre pecho y espalda una media maratón. Pero claro, Ana García me lía y yo que soy más influenciable que un anciano en un mitin de Felipe González, dije que sí, que pa’chulo mi pirulo, independientemente de que me tiré casi dos horas botando como una groupie enfervorecida y, sobre todo, de la cerveza y los gintónics -tres, como tres soles- que me estaba cascando. El último de ellos a las dos de la mañana, con dos narices.

Así que os podéis imaginar mi domingo. Despertador a las siete de la mañana, sorprendentemente sin dolor de cabeza. Eché la vista atrás y analicé cómo había preparado el fin de semana: no había cenado, había bebido demasiado alcohol, había dormido poco… Ah, y estrenaba zapatillas y mallas.

Vamos, otro kit completo de los de Diego Rodríguez. Bravo, chaval. Si es que eres un puto crack preparando carreras…

Pillo el metro. Llegar desde Ríos Rosas era fácil, así que a las ocho ya estaba por la zona de Fuencarral. Ana me había avisado de que el recorrido era puñetero como un dolor de huevos. Calentamos diez minutos, decidimos si manga corta o manga larga… Y al lío. En mi fuero interno albergaba la esperanza de hacer 1h35′, pero era consciente de que con un recorrido tan puta, era difícil.

Para quienes no lo conozcáis: se baja hasta el ocho, se corren cuatro kilómetros en plano, y después se vuelve a subir. Vamos, que a efectos prácticos una media maratón de montaña, pero por calzada.

Media Maratón de Fuencarral - El Pardo

Empezamos a correr. Ana va que se las pela. A 4’15”, para ser más exactos. Debía tener prisa la muchacha, me imagino. Que se había dejado algo en el fuego, o que quería llegar a misa, o yo que sé. Lo único que tenía claro es que iba demasiado deprisa para mis previsiones, así que dejo que corra libre como un pájaro y que se pelee con las keniatas, que son más de su ritmo. Yo voy a lo mío, que es acumular kilómetros teniendo en cuenta mis últimas horas. En mi cabeza retumban La chica de Mel, Lo conseguí, Luces rojas. Y miro el reloj y voy a buen ritmo, 4’35”, chino chano, aunque sé que lo voy a pasar mal porque noto las piernas duras. Normal, no he descansado una mierda.

Y entonces llega el kilómetro ocho, en plano, y noto que voy cansado y que uff, voy a sufrir como una perra. Me comienza a adelantar bastante gente. Y justo se me pone delante un zagal entrado en años que va contando a otro como es la preparación de una ironman. ¿Cómo que una? Será un ironman, ¿no? En ese momento -bueno, y en los siguiente cuatro kilómetros que tuve que aguantar al fulano- me di cuenta de qué pesados llegamos a ser los triatletas y sobre todo, qué fanfarrones podemos llegamos a ser. Los triatletas somos los cuñados del deporte, no me jorobes. Yo he venido a hablar de mi libro: que si tienes que entrenar la bicicleta tres horas al día, que si luego transición, que si una ironman es la prueba más dura del mundo, que si exige gran sacrificio…

Me pongo en el papel del chico que le iba escuchando, y lo siento mucho por él. Uno se levanta un domingo por la mañana con toda la ilusión de correr la media maratón de su barrio, y te toca al lado un triatleta. Qué putada.

En fin. Que llegamos al kilómetro doce, donde comienza una rampita de tres kilómetros al seis por ciento de desnivel de lo más rica. Su puta madre. Pero bueno, me pongo en ritmo diésel, me tomo un gel, y comienzo a adelantar a gente. Estamos en El Pardo, y no sé por qué, dejo de tararear a Los Flechazos y comienzo con un Franco Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer, lo lava con Ariel

Conocerme es amarme, definitivamente.

Media Maratón de Fuencarral - El Pardo

A cada kilómetro me voy sintiendo mejor, y cuando llegamos al kilómetro veinte, voy adelantando gente. Voy mirando constantemente el reloj, y veo que voy a hacer menos de 1h45′. Y nada, que entro en meta cuando comienza a jarrear fino filipino. La lluvia hasta se agradece. Entro en meta sin mirar mi reloj, que no quiero que Txema luego me eche la bronca, en 1h43’55”.

Y oye, ya es mala suerte que la instantánea de organización sea en la que apago el reloj. Ya es mala suerte…