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Cambié mi cuerpo por el atletismo. Ninguna chica debería hacerlo

Hace unas semanas el mundo del atletismo se replanteaba las cosas tras conocerse la historia de Mary Cain, la que fuera la gran promesa del atletismo estadounidense. La atleta, que batió varios récords, sostiene que el entrenador Alberto Salazar abusó psicológica y físicamente de ella cunado tan solo tenía 16 años. Cain, ahora de 23 años, abandonó en 2015 el centro de entrenamiento de Nike. Se dijo entonces que no había sido capaz de resistir el régimen de Salazar.

“El equipo masculino de entrenadores estaba convencido de que para que me fuera mejor tenía que estar más delgada, y más delgada, y más delgada”, cuenta Cain en una entrevista en The New York Times. Aunque era el programa mejor valorado para atletas de Estados Unidos, no contaba con apoyo psicológico alguno para los atletas ni el acompañamiento de nutricionistas en las dietas. Salazar estaba empecinado en que Cain llegara a los 51 kilos. A partir de ahí llegaron los trastornos alimentarios de la joven promesa e incluso pensamientos suicidas en busca del éxito atlético.

Historias como la de Mary Cain no son nuevas. Lo que es nuevo, y lo que ha desencadenado tal indignación, es que ella ha culpado directamente a los responsables de esta situación: a un sistema deportivo construido por y para los hombres. Ese sistema debería haberse reformado hace tiempo. Así cuenta también su experiencia Lauren Fleshman, ex atleta profesional y ganadora dos veces del Campeonato Nacional en la prueba de 5.000 metros en un artículo escrito para The New York Times, y que hemos traducido aquí.

Su experiencia es la misma. La cultura de ganar a toda costa en las competiciones de atletismo en la escuela secundaria hacía que muchas de las chicas cenaran solo ensaladas antes de competir en el Campeonato Nacional de Cross Country en 1998. A la mañana siguiente, las 32 mejores chicas y 32 chicos competirían por las medallas y las becas universitarias. Muchas de las niñas que estaban en la salida se habían llenado de ensalada la noche anterior. Algunas estaban extremadamente delgadas.

Si no hubiera subido al podio aquel día, habría dudado de mi elección de pasta en esa cena. Si no hubiera hablado con el entrenador sobre lo que vi, podría haber caído en la misma trampa en la universidad que ha terminado con tanto talento como para llenar varios equipos olímpicos. Afortunadamente, mi entrenador reforzó mi imagen corporal positiva y me educó sobre los trastornos alimentarios, dice Fleshman.

En Stanford, Lauren Fleshman ganó cinco títulos de la N.C.A.A. Corrió con una regularidad envidiable año tras año. Una parte de ella estaba motivada para demostrar que, con un cuerpo más fuerte, se podía tener éxito durante más tiempo, que ganar no tenía que implicar hacerse daño a una misma.

Foto: Ian Kington // Getty Images

Más delgado no es más fuerte

Pero en lugar de cambiar la cultura, la gente hablaba de ella como si fuera una excepción a la regla de que más delgado era mejor. Durante su última temporada, con la transición a la carrera profesional a la vista, empezó a creerles. Lauren restringió su dieta para que su cuerpo de 21 años se pareciera a las mujeres de 28 años más delgadas que veía en los equipos olímpicos. No estaba preparada para ese tipo de cuerpo, pero quiso hacerlo. El resultado, perdió su energía. Perdió la regla y las lesiones le afectaron, destrozando la primera mitad de su carrera profesional.

Nada ha cambiado

Fue una de las corredoras de fondo más rápidas que llegó a las Olimpiadas. Hoy en día está segura de que la relativa deficiencia energética en el deporte, el mismo problema con el que se encontró Mary Cain, le hizo perder mucho talento. Ahora no se lamenta de los podios ni de las oportunidades perdidas, ahora se lamenta de que nada ha cambiado. Hasta que reconozcamos y respetemos que la curva de rendimiento femenino es diferente de la versión masculina sobre la que se construyó el deporte, las niñas continuarán enfrentándose a un daño institucionalizado.

Son las mujeres adultas, no las niñas, las que encabezan los podios más prestigiosos. Se trata de mujeres adultas de entre 20 y 30 años de edad que han batido récords en Estados Unidos. Son las mujeres estadounidenses de unos 30 años las que ganan las maratones de Boston y Nueva York.

Los trastornos alimentarios tienen la segunda tasa de mortalidad más alta de todos los trastornos de salud mental, superada sólo por la adicción a los opiáceos. Han seguido aumentando en el caso de las niñas de 15 a 22 años de edad, lo que se superpone directamente con el pico de la adolescencia, que suelen pasar en la escuela secundaria y en los deportes universitarios.

La curva de mejora natural de las mujeres jóvenes generalmente incluye un descenso o meseta de rendimiento a medida que el cuerpo se adapta a los cambios de la adolescencia. Si logra superar la caída, se verá recompensado con una mejora más constante a lo largo de sus 20 y 30 años. Sin embargo, durante esta meseta normal, las niñas se entrenan en un sistema que sostiene la curva de rendimiento más lineal y masculina como el ideal.

Actualmente no tenemos un sistema deportivo construido para las niñas. Si lo hiciéramos, se vería muy diferente - y beneficiaría a todos.

Los entrenadores son los que tienen el poder. Ellos tienen la responsabilidad de sentar las bases que prioricen la salud sobre el rendimiento. Si se descubre que los entrenadores crean o contribuyen a una cultura de imagen corporal negativa o de trastornos alimentarios, están cometiendo abusos y deben ser castigados.

Si los deportes se construyeran para las mujeres jóvenes y las niñas, el énfasis en el peso sería reemplazado por la nutrición básica y la educación, lo que reduciría drásticamente las lesiones y los trastornos de salud mental para todos los géneros. Los trastornos alimentarios son una forma de autolesión y deben ser tratados como tales, con informes obligatorios a los profesionales médicos para la seguridad de la persona. En los programas universitarios, un nutricionista y un psicólogo certificado que se especializa en la recuperación de los trastornos alimentarios deben estar disponibles igual que los entrenadores. Los entrenadores deben ser recompensados en función de los indicadores de salud y de la retención del talento, en lugar de por los atletas que se agotan año tras año.

La historia de Mary Cain es la historia de miles de niños y niñas. Su entrenador, Alberto Salazar, es sólo el último de una serie de hombres poderosos que están siendo juzgados por las formas en que han utilizado su poder.

A pesar de las décadas pasadas sumergiendo a los atletas en ambientes de imagen corporal negativa y cultura de trastornos alimentarios y contribuyendo a una crisis de salud mental, muy pocos entrenadores han tenido que rendir cuentas. Es hora de reconocer la dinámica de poder desigual de los entrenadores y atletas, y abordar el daño sistémico. Es hora de llamar a este comportamiento lo que es: abuso.

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