Se habla demasiado poco de IRONMAN Wales, teniendo en cuenta lo bonito y duro que es. Al menos yo poco había oído hablar de él. Me apunté gracias a mi amigo Héctor, a quien conozco desde hace mucho tiempo cuando empezábamos con el triatlón. Es de Barcelona, pero se marchó a vivir a Cardyff, capital de Gales, hace años. Él si tenía buena constancia de esta prueba. En Reino Unido es ampliamente conocido y me atrevería a decir que casi todos los participantes son atletas locales del Reino Unido. En la mayoría de competiciones, ves y escuchas gente de todas partes del mundo pero en Gales cuesta ver y escuchar algún atleta que no sea británico. Y no entiendo porqué tratándose de un IM tan espectacular.

Un perfil muy exigente

Los números y datos objetivos de la carrera hablan por si solos en cuanto a la dureza. Una bici con 2500 metros de desnivel positivo y una carrera a pie con 600 metros de desnivel positivo acumulado, ni un metro llano oigan. Al desnivel hay que añadirle una natación que puede ser complicada dado que se desarrolla a medio camino entre el atlántico y el mar de irlanda, aguas frías y movidas. En esta época, la temperatura del agua puede oscilar entre 12 y 16 grados.

En cuanto al estado del mar, ha habido ediciones, como en 2017, con olas de más de un metro y, ojo al dato, no se canceló ni se recortó ni un metro la natación. Otra de las peculiaridades de este IRONMAN es una primera transición un tanto “especial”. De la salida del agua a boxes hay más de una milla, es decir, casi dos kilómetros. Al salir del agua, tienes que cruzar la playa, subir  un camino de cemento en zigzag al pueblo y pateártelo hasta llegar a la T1.Tanto es así que la organización, además de las bolsas del material de la bici y la carrera a pie, te facilita una bolsa adicional de color rosa, la pink bag, dónde poder poner algún tipo de calzado para afrontar esa transición más larga que un día sin pan. Estas bolsas se colocan al empezar la rampa en zigzag que sube al pueblo en orden de dorsal.

ironman wales

Foto: María Puig

Existe una frase muy típica que te dicen por aquí cuando es la primera vez que haces IRONMAN Wales “Don’t forget your pink bag”. A todo este percal hay que sumarle una meteorología complicada. Ir con un trimono de tirantes con la espalda y hombros al aire puede lucir mucho pero, si no eres nórdico y estás acostumbrado al frío, bajando a toda leche a 10 grados puedes pasarlo realmente mal. Y si llueve, la hipotermia la tienes asegurada. La temperatura ambiental es muy variable, puede oscilar entre 9 y 17 grados en esta época, según la hora del día y si hay o no hay sol. Las nubes, la niebla y la lluvia están a la orden del día.

Para situarnos, este triatlón se desarrolla en el país de Gales,  Cymru en galés, en un pueblo llamado Tenby, situado en el condado de Pembrokeshire. Se trata de un pueblo costero medieval precioso pero en medio de la nada. No es fácil llegar allí para los que venimos de otros países o continentes. El aeropuerto más cercano está a más de 100 km, en Cardyff, pero es pequeño y hay pocos vuelos directos así que hay que volar a Bristol, que queda a más de 200 km de Tenby. Una vez en Bristol, o alquilas un coche y conduces más de 200 km o te aventuras a hacer un periplo por el país de Gales, en buses y trenes que te llevan a Tenby. Yo fui atrevida y elegí la segunda opción.

El viaje

La competición se celebraba domingo 15 de septiembre y cómo el viaje desde Barcelona iba a ser largo, emprendí la marcha el jueves. Tenía que volar de Barcelona a Bristol, luego coger un autobús hasta la estación de tren de Bristol para coger un primer tren hasta Cardyff  dónde tenía que cambiar de línea ferroviaria y coger otro de tren que me llevaría finalmente a Tenby. Tenía los horarios bien cuadrados pero muy ajustados. Allí no hay demasiados trenes así que si el vuelo se retrasaba, iba a tener problemas para llegar ese mismo día.

Y todo este periplo lo iba a hacer sola carreteando la bicicleta desmontada y empaquetada en una maleta más voluminosa y pesada que yo y una mochila en la espalda con el resto de cosas. Toda una aventura, aunque bueno, si uno es capaz de hacer un IM, también ha de serlo de superar esa odisea de viaje. Si las cosas se torcían, tenía a mi amigo Héctor en Cardyff, a medio camino entre Bristol y Tenby.  Él y su mujer se iban a reunir conmigo el sábado en Tenby.

Y he de decir que el viaje fue rodado, no me perdieron la bicicleta en el aeropuerto, que era lo que más me preocupaba, vuelos y trenes puntuales. Aunque el espectáculo que organicé intentando subir al segundo tren con semejante equipaje, que iba a reventar de pasajeros, como el metro de la ciudad en hora punta, fue digno de ver. Suerte que los galeses son pura amabilidad y me ayudaron a cruzar andenes, subir y bajar de trenes, etc.

Y llegué finalmente a mi destino tras doce horas de viaje. Y sólo bajar del tren, en Tenby era negra noche, hacía frío y llovía, empezábamos bien. Suerte que el apartamento estaba cerca del hotel. El dueño, cuando me vio llegar sola, con todo ese cargamento en medio de la lluvia, se quedó mudo. Aunque llegué exhausta, lo primero que hice fue abrir la maleta, comprobar que mi BMC estaba en buen estado y montarla.

Los preparativos

El viernes salí a pedalear un rato, a probar el agua del mar y a pasear para tantear el terreno y en seguida me di cuenta del lío en el que me había metido. En cuanto a la bici, me costó lo de circular por la izquierda y en las rotondas, la lié parda. Carreteras preciosas, paisajes brutales, eso si, un asfalto rugoso en mal estado y un sube- baja constante con porcentajes del 16-17%. En cuanto al mar, metí los pies y me di media vuelta, dejé correr lo de nadar hasta el día del IM, no había necesidad alguna de resfriarse antes de tiempo.

El sábado, me reuní con mi amigo Héctor y su mujer. Ese día ya había que preparar material y hacer el check in de las bicis y bolsas. La verdad es que tanto el viernes como el sábado el tiempo fue bueno, soleado y fresco sin lluvia. Para el domingo, el pronóstico era de nubes y niebla pero baja probabilidad de lluvia.

La competición

El pistoletazo de salida era domingo a las 7h AM. A las 5.30 ya estábamos todos en el box revisando la bicicleta. Tras esto, nos enfundamos el neopreno y nos fuimos todos con la pink bag en la mano hacia la playa. El mar estaba calmado, hacía fresco pero nada del otro mundo. La salida era en modo rolling start, lo que hace que la natación sea un lujo, nadas a tu ritmo sin aglomeraciones y te ahorras de recibir y repartir estopa a diestro y siniestro.

El circuito constaba de dos vueltas por la bahía de Tenby, con unas vistas del pueblo espectaculares aunque, francamente, desde el agua y nadando a todo gas, dudo que alguien estuviera para mirar el paisaje. A las 6.30 ya estábamos colocados cada cual en el cajón que le pareció. Y a las 7h empezamos. El agua estaba fría al entrar, pero, entre el neopreno,  la adrenalina que me salía por las orejas y que me puse a nadar como si no hubiera un mañana ni me acordé del frío. Modestia a parte, hice una natación excelente.

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Foto: María Puig

Disfruté mucho y nadé fenomenal así que primer round superado con nota. Salí del agua revolucionada, crucé la playa corriendo y empecé a subir la rampa del zigzag hasta encontrar mi pink bag. En ella me había dejado un botellín de agua con el que me quité la arena y unas zapatillas abiertas para que el pie se fuera secando al aire mientras corría a la T1, que me agarraban el talón por detrás, y se abrochaban con velcro, fáciles de poner y con una suela relativamente cómoda para caminar o trotar unos metros. Me bajé el neopreno hasta la cintura y me puse a trotar hasta el box, con la bolsa rosa en la mano que había que dejar con el neopreno en las carpas. El ambiente y la animación que había en ese tramo de transición era brutal.

Una vez en las carpas, me senté en el banco e intenté relajarme ya que llevaba un subidón encima de infarto. Me saqué el neopreno y me vestí de ciclista de arriba a bajo, nada de trimonos, incluso con térmica de manga corta debajo del maillot y manguitos, que finalmente no me los subí en toda la carrera. También cogí unos guantes largos y un corta vientos impermeable que me los metí en los bolsillos y que tampoco tuve la necesidad de usar. Llamadme exagerada pero allí la meteorología se puede complicar y los que no somos nórdicos lo podemos pasar muy mal. Prefiero ir preparada y que me sobre ropa a echarla en falta. Y cargar con unos gramos de más me trae sin cuidado, la verdad. Una vez vestida, salí a por mi bici y empecé a pedalear.

El segmento ciclista

El circuito ciclista fue un auténtico rompepiernas. No sólo por los 2500 metros de desnivel positivo si no por cómo está dispuesto dicho desnivel. No se trata de puertos de montaña sostenidos de buen hacer con sus respectivas bajadas que te permiten descansar, no. Se trata de un continuo sube-baja, con subidas cortas pero de porcentajes brutales seguidas de bajadas de vértigo. Tramos llanos de rodaje no había ni uno y si los hubo, debieron ser tan cortos que ni los recuerdo.

El circuito constaba de tres bloques. Una primera vuelta de unos 56 km seguido de dos vueltas a un mismo circuito de 62 km. La primera vuelta nos dirigía hacia el oeste de Tenby, pasando por poblaciones como Pembroke y Manobrier, para llegar al parque nacional costero de Pembroheshire (Pembrokeshire Coast National Park) hasta Angle, que tiene unos paisajes de postal. Aquello era brutal, me recordó Las Salinas de Lanzarote. La carretera, aunque espectacular, estaba en mal estado, era muy estrecha y con arenilla, sumado a las fuertes pendientes de descenso, era muy peligrosa. Mis sensaciones físicas eran buenas, no obstante, me entró mal rollo por los adelantamientos inapropiados de varios atletas en las bajadas. El problema de hacer una muy buena natación y salir pronto del agua es que, si luego no eres igual de rápido con la bici, no paran de avanzarte cohetes por todos lados y eso es lo que ocurrió durante la primera y la segunda vuelta.

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Foto: María Puig

No paraba de escuchar por atrás los sonidos de las cabras y lenticulares a todo gas y los gritos de “on your lef!” “On yur right!” avisándome por qué lado me iban a adelantar. Alguno estuvo a punto de tirarme al suelo. Lamentablemente hubo accidentes, era un no parar de escuchar ambulancias y, visto como bajaba la peña, no me extraña. Yo prefiero bajar despacio, sobretodo cuando no me conozco la carretera, aunque esto signifique perder una minutada en este tipo de etapas. De hecho, mi tiempo en la bici no fue demasiado bueno, aunque me encontré bien y soy buena escaladora, perdí mucho tiempo en los descensos, pero, la verdad, me importa un bledo perder tiempo para ganar en seguridad. Después de esa primera vuelta, se regresaba a Pembroke y empezábamos el segundo bloque de dos vueltas por el circuito de 62 km que tenía una parte final mortal, entre Templeton y Narbeth.

Había un par de puertecitos muy cortos con un porcentaje medio del 17% sostenido. En esas dos poblaciones había un ambientazo brutal, se escuchaba música y gente tocando tambores por las calles. En plena rampa del 17%, el público te hacía un pasillo como en el tour de Francia, mientras te animaba, todo aquello me puso la piel de gallina. Una vez arriba, cuando pensaba que ya todo era bajada a Tenby y se había acabado la vuelta, de repente, otra rampa del carajo para llegar por fin a Tenby. Este circuito lo repetimos dos veces. Aunque parezca mentira, yo lo disfruté mucho más la segunda vez, en la que ya me conocía la subida y me pude gestionar mejor y que cesaron por fin todos los adelantamientos kamikaces. Y al llegar a boxes, la verdad es que tenía las piernas, el cuerpo y la mente muy enteros y listos para la maratón.

La carrera a pie

Volví a cambiarme de ropa y empecé a trotar con muy buenas sensaciones. Las maratones de los IM acostumbran a ser vueltas por un circuito llano, la maratón de Gales es harina de otro costal. Cuatro vueltas a un circuito con 600 metros de desnivel positivo que a la práctica se traduce en que la mitad del circuito te lo pasas subiendo y la otra bajando. Esto la hace muy dura pero, en mi opinión, también mucho más amena. Yo la disfruté mucho más, esos cambios de pendiente que llevan consigo cambios de ritmo a mi se me hacen mucho más llevaderos que dar vueltas a un circuito llano a ritmo constante en las que la monotonía, que se suma al cansancio, se hacen insoportables.

En cada vuelta salíamos hasta las afueras de Tenby para luego volver a entrar y correr por todo el centro del pueblo dónde había un ambientazo brutal. Música en la calle, multitud de gente animando, gritando, cantando y, sobretodo, bebiendo cerveza. Alguno llevaba una cogorza del quince. Todavía resuenan en mi cabeza los gritos de “Well done! “, “Keep goin!” que eran las frases que te gritaban los galeses. Con ese ambientazo me vine arriba y, aunque mi idea inicial era caminar en los tramos de subida, conseguí no dejar de correr ni siquiera en las subidas.

Sólo caminé en los avituallamientos. Y la última vuelta fue brutal. El público ya veía que era mi última vuelta por la cantidad de gomas de mi muñeca y eso hacía que todavía me gritaran más y más fuerte. Al lado de la meta vi y escuché a mi amigo Héctor y su mujer gritando mi nombre. Y con la piel de gallina, los pelos de punta y una sonrisa de oreja a oreja crucé la meta. Cómo dicen por aquí, en honor al dragón de la bandera de Gales, I have faced de Dragon. Este IM es el mejor que he hecho en todos los aspectos, lo tiene todo. Dureza, paisajes,  entorno y ambientazo brutales.

El postmeta

Pero mi aventura todavía no había terminado al cruzar la meta. Al día siguiente me esperaba el viaje de regreso a Barcelona. El mismo periplo de la ida para volver pero ahora con el cuerpo molido. Nuevamente fue un viaje rodado, llegué a mi casa con todo mi equipaje intacto, exhausta pero feliz como una perdiz.

Me llevo una experiencia vital como la copa de un pino. Todo lo que conlleva cualquier prueba de larga distancia, sea de la modalidad que sea, representa mucho más que una competición deportiva. En todo el camino que supone, el antes, el durante y el después de la competición, conoces gente nueva de la que aprendes muchas cosas, visitas lugares y culturas diferentes a la tuya y te conoces más a ti mismo, aprendiendo a disfrutar de lo bueno y a gestionar el sufrimiento. Y, aunque desde fuera pueda parecer que estamos  locos y se nos va la pinza, la verdad es que hay que tener la cabeza muy bien amueblada para hacer semejantes barbaridades.

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Foto: María Puig

Agradecimientos a mi amigo Héctor y su esposa por compartir esos momentos y risas conmigo, por su soporte incondicional y por esa hamburguesa doble con queso gigante con la que me esperaron en la meta y ayudarme a subir la maleta al tren de regreso. Y por supuesto, dar las gracias a toda la gente, amigos y familiares que, desde sus casas, me mandaron menajes de ánimo, me siguieron durante y felicitaron después.