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¿Qué es más duro, competir en un IRONMAN, o acompañar a un IRONMAN?

"Cariño, ¿me acompañarás este año al Ironman?" es una pregunta envenenada que los triatletas, y las triatletas, solemos lanzar a nuestras parejas en el momento justo en el que tiramos de tarjeta de crédito y compramos el dorsal para un nuevo larga distancia. Ya lo dijo Judit Izquierdo en su momento: No te creas las mentiras de un triatleta cuando te dice que le acompañes, y tiene toda la razón.

¿No quieres leer? No te preocupes, hemos preparado un vídeo para nuestro canal de Youtube en el que Diego Rodríguez da su opinión. No os lo perdáis porque seáis triatleta o seáis pareja de triatleta, os sentiréis identificados.

La preparación

Preparar un ironman es muy duro, sí, conlleva meses de duro entrenamiento: series de carrera a pie, paseos eternos en la bici, ir a la piscina cada dos por tres... Y casi siempre, todo, a horas que en otras condiciones serían de descanso o de tiempo en pareja. ¿Pero y sufrir la preparación de un ironman siendo nuestro novio, nuestra esposa?

¿Nos hemos parado los triatletas a pensar detenidamente qué supone aguantar todos esos meses a alguien como nosotros? Estamos nerviosos, tocamos las narices con la nutrición, nos alteramos si nos duele un pie, o una mano, o el piramidal... Desde ese punto de vista, yo creo que se está empatado. Nosotros corremos, pero nuestras parejas nos aguantan.

Y eso tiene tanto, o más, valor.

El día de la prueba

Nos levantamos a las cuatro de la madrugada. Y nuestras parejas también, Y si hay niños, también. Todo el mundo en pie, a las cuatro, alegría, ¿qué puede haber mejor que levantarse de noche cerrada para comer un plato de macarrones? Ellas, y ellos, nos miran en silencio, tratan de darnos calma, nos apoyan. Pero así de primeras lo importante es que no han dormido una miaja. Porque básicamente la noche antes ellos no se habrán ido a la cama como nosotros a las nueve, no. Se habrán quedado hasta las once como personas normales.

Así que arrancan el día con menos descanso que nosotros.

Nos vamos al box. Y nosotros estamos entretenidos, porque al fin y al cabo tenemos que darle la presión adecuada a las ruedas, poner los geles, revisar el checklist diecisiete veces... Mientras ellas... nos miran desde la distancia, sin otra cosa que hacer, sin moverse de medio metro cuadrado que pelean con otras parejas. Y si miramos hacia donde están, nos saludan y sonríen enamorados y enamoradas, con cara de circunstancias. Porque son las seis y media de la mañana y no tienen absolutamente nada que hacer.

Y empieza la prueba, y nosotros nos ponemos a nadar como si no hubiera mañana, y para ellos comienza el calvario de matar diez, once o doce horas muertas: que la batería del móvil aguante, que lleguen a los puntos clave en los que puedan vernos pasar... Y lo peor de todo, que por miedo a no estar a la hora adecuada en el lugar adecuado en el que puedan hacernos una foto con el móvil, no comen en condiciones. Porque sí, nosotros estamos pedaleando, pero nuestras barritas energéticas, nuestra isotónica y nuestros plátanos nos los comemos. ¿Y ellas, mientras tanto? Terminan comiendo un trozo de bocadillo, o una bolsa de algo pillada en un supermercado, o directamente se esperan a que lleguemos al maratón.

Así que sufren la nutrición, y todos los desplazamientos que tienen que hacer de un lado para otro.

Y después, para rematar, el maratón en el que nos ven pasar cinco segundos cada cincuenta minutos. Y darnos ánimos, y gritarnos y enseñar el cartel que han hecho para la ocasión. No corren, pero están en tensión todo el rato. Y sin descanso.

Así que nuestras parejas también corren un Ironman. Quizás no queman las mismas calorías, pero ya os decimos desde aquí que acaban igual de cansadas.

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