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El dia que entendí el valor de las Santander Triathlon Series

Ser pareja de un triatleta sin practicarlo me hace ver el deporte desde la barrera. Soy la espectadora de lujo que sufro y disfruto a partes iguales de sus entrenamientos y el mágico momento en el que cruza los arcos de meta.

Nunca olvidaré el primer momento en el que estuve presente en una prueba Ironman. Una se espera que haya muy poca gente capaz de soportar los 3,8 km de natación, los 180 de bici y los 42 km corriendo de una tacada pero no, oye, nada más lejos de la realidad. Eso era una fiesta ¡y había gente de todas las edades! ¡Y un montón de mujeres!
Ver sufrir al triatleta mientras comes una bolsa de patatas fritas hemos de reconocer que da cierto pudor pero eh, ahí estoy yo en cada cita predispuesta a hacer fotos movidas por doquier. Es algo que merece la pena vivir.
Como muchas "parejas de", entré en este mundillo por obligación. Quedamos con amigos y solo se habla de triatlón. De pruebas del calendario, de material, de entrenamientos, de anécdotas, de tiempos. No hay cena que no acabe con un ¿hacemos tal prueba este año, no? Érase una vida en la que solo existía este deporte.
Y de tanto escuchar una termina sabiendo que existe una isla que se llama Kona, que en Lanzarote hace mucho viento, que hay que ir a Roth y que una cabra no tiene nada que ver con una bici de carretera (aunque yo aún no vea la diferencia, como tampoco sé ver un fuera de juego).
En todo esto te percatas de que poco a poco el triatlón se convierte en una moda. La gente que antes salía a correr de repente se apunta a un super sprint, o a un sprint o va hasta Barcelona a estrenarse en el olímpico de Barcelona Triathlon. Dónde si no.
Ir a un Ironman es un reto de vida para algunos pero antes hay que hacer muchos triatlones locales. Sí, esos que no salen en los periódicos pero que son imprescindibles en el progreso de todo triatleta. Esas pruebas organizadas por clubes, muchas casi como un hobbie y en algunos casos pasajeras.
Sí, amigos, también he ido a muchas de estas pruebas. Ese pueblo donde apareces a las 8 de la mañana y no hay bares abiertos y paseas cual alma en pena hasta que den la salida. Esa cita donde no hay arcos de meta, como mucho un cronómetro que marca los tiempos. Donde no hay voluntarios, ni staff, ni redes sociales que seguir y donde alguien te atiende al otro lado, ni camisetas oficiales, ni merchandising, ni avituallamientos, ni fotos durante el recorrido, ni expo de patrocinadores, ni animación en la calle, donde se dan varias vueltas a un circuito,...
Por delante todo mi respeto a la gente que los hace posible, muchas veces sin ánimo de lucro. Qué sería de nosotros sin ellos. Pero ¿una triatleta que con todos sus miedos decide hacer su primer supersprint no se merece vivir una experiencia envolvente, tener un recuerdo de su primer triatlón casi orgásmico?
Así un día llegué a Santander Triathlon Series. Un circuito de triatlones con foco en la iniciación, que sí hace todo a lo grande. Que sí ofrece ese espectáculo. Que está cerca de casa. Que se puede vivir en familia. Que da la oportunidad al triatleta de sentirse como un pro, de participar al lado de Induráin, de Martín Fiz, de Mireia Belmonte, de cruzar la meta con su hijo en brazos, de tener fotos profesionales para enmarcar.
Creo que también merece la pena poner en valor las iniciativas nacionales, las que no tienen detrás a grandes gigantes, ni requieren de una inversión de 400 euros en un dorsal. Las que cuidan del pequeño, del amateur, del deportista lleno de ilusiones casi infantiles, del que no sabe cómo se comen los geles y las barritas energéticas, del que tiene pánico de eso llamado neopreno, del que por primera vez en su vida va a nadar en aguas abiertas, del que se acojona en las bajadas en bici, del que no sabe hacer las transiciones correctamente, del orgulloso globero, del que acumula las medallas en los cajones.
De nosotros.

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